
Instrucciones para hacer un tropel
En gran parte de los años 90 la asamblea fue muy organizada. Había movimientos bien consolidados, cada uno tenía su parche, y esto en parte se conservó en los años posteriores cuando fui un militante activo. Si yo era de un combo y vos de otro, teníamos líneas de comunicación con las que convocábamos asambleas o tropeles.
Para llamar a una de estas actividades no todos hacían presencia en las reuniones. A los encuentros la gente entraba con el rostro cubierto. Luego se hablaba del motivo de la reunión. Y ahí se decidía qué tipo de acción desplegaríamos. Si se proponía tropel, se daba una discusión y tras decidir, decíamos: “Listo compa, sale”. Y los que estaban de acuerdo informaban de qué disponían. La gente decía, digamos, que tenía trece personas y dos recursos, es decir, los fierros. O había alguien más que podía decir que tenía recursos, pero no gente.
Cada uno decía con qué infraestructura logística contaba para el tropel. Incluso teníamos médicos y cuando había heridos los llevábamos a sus casas o a un lugar acordado. El propósito era evitar los centros de salud y los hospitales, centros monitoreados por las inteligencias militares y policiales.
Estas reglas se volvieron muy estrictas a partir del año 2000. Por aquel tiempo eran muy fuertes las confrontaciones entre las milicias barriales y paramilitares. Así que, durante los dos años siguientes, los tropeles no faltaron, la quema de buses, el secuestro y asesinato de estudiantes y profesores; reinaba un estado de confusión tremenda, y por eso el tropel debía ser muy ordenado para evitar infiltrados.
Dos cosas más exasperaron el ambiente, aunque no por mucho tiempo. La primera, el asesinato en noviembre del 2001 de dos estudiantes dentro de la universidad, en el bloque de química, mientras jugaban ajedrez. Esta muerte no se debió a paramilitares, fue un fuego amigo lamentable, una disputa y lío de faldas entre un miliciano del ELN y un agente del CAP, pero esto no lo sabríamos sino hasta mucho después.
Luego de esto, la administración sacó un reglamento prohibiendo las ventas ambulantes dentro de la universidad, pues se responsabilizó a los vendedores como cómplices del doble homicidio. Por otra parte, por supuesto, la elección de Uribe como presidente caldeo los ánimos. A Uribe yo lo conocía de frente cuando una vez fue a Pavarandó a un consejo comunitario.
El caso es que se acordaba el tropel para una semana específica, pero no se revelaba el día para evitar filtraciones. Finalmente, se pactaba el momento del día. Y faltando una hora para el tropel, una persona pasaba los códigos de comunicación, que eran gritados, y que podían ser colores. Podría ser: morado es retirada, azul es avanzar, verde tal cosa. A veces eran nombres de animales o marcas de carros.
Hoy en día hasta los infiltrados se meten en el tropel. Digamos, si éramos cinco grupos, coordinábamos cual salía de primero y lanzaba el primer explosivo, que era la señal. Y un grupo cerraba la circulación de carros en la calle Barranquilla. Al grupo dos, digamos, le correspondía pasar por la cafetería de deportes. Otros por artes, otros por la cafetería de Tronquitos, otros por Guayaquilito… Nos distribuíamos los puntos. En ese momento, la gente tenía la oportunidad de leer el comunicado que sacábamos y en el que explicábamos el propósito de la alteración. Los grupos llegaban finalmente a Barranquilla, ya cerrada, para confrontar al Esmad. Y cuando nos iba mal, resistíamos en la portería.
La gente nueva no podía lanzar petos explosivos, solo piedras para evitar un accidente por la inexperiencia. Las jotas, por otra parte, eran petardos con metralla que solamente la utilizaban personas con temple. Cuando se acercaban los policías todos retrocedían, y el de la jota se quedaba para lanzarla porque eso cuando tocaba el suelo estremecía todo el cuerpo y lo dejaba a uno sordo.
Había otra gente que tenía que pararse en la peatonal, simplemente mirando, con un recurso, esperando que nadie se filtrara o se confundiera con los tropeleros. Y dos o tres más se quedaban atrás del tropel, dentro de la universidad, por si ocurría un imprevisto.
Si entraba el Esmad todos se retiraban menos un par, que se quedaba espiando sus movimientos. Otros estudiantes, casi siempre sin taparse la cara, gritaban consignas a favor del tropel con ayuda de un megáfono, en el techito, ahí en la entrada de Barranquilla. Y otros traían piedras y bolsas de leche. La leche era para echarle en la cara a los pelados que no soportaban el ardor en la cara por los gases lacrimógenos, que en el peor de los casos te hacía sentir como si la cara se te estuviera derritiendo, pues ya en ese momento el Esmad utilizaba gases con compuestos alterados.
Cada uno sabía a dónde acudir para terminar la jornada, con el fin de que no todos tiraran para el mismo lado. Y la gente de civil se tiraba a la portería para impedir la entrada de la policía. Todo esto se acabó en el 2002. Y lo terminaron dos cosas.
La primera: es indudable que la Operación Orión, de noviembre del 2002, marcó un declive del tropel debido a que muchos de nuestros apoyos eran gente de barrio popular, que habían crecido en medio de la carencia total, en sectores sin oportunidades y donde las milicias habían constituido formas organizativas que en gran parte se acabaron, como ya mencioné, con la entrada del paramilitarismo a la ciudad.
Luego, el ejército con al menos mil hombres llevó a cabo durante tres días la Operación Estrella VI, en el 2003, en el nororiente de Medellín. Santo Domingo, El Popular y Aranjuez, principalmente, se convirtieron en campos de guerra como había ocurrido en San Javier con Orión. Solo en Santo Domingo hubo al menos setecientos asesinatos, y sus nombres hoy están escritos en un costado de la iglesia del barrio, sobre un cristo de ladrillos rojos. Con esta operación casi que se fueron todas las milicias de la ciudad.
Además de eso, a nivel regional comenzaron una serie de avanzadas militares, sobre todo en el Oriente antioqueño, con el Laboratorio de Paz y la implementación de la Seguridad Democrática de Uribe. Y esto es importante decirlo, porque con todas estas operaciones se quebraron las comunicaciones que había dentro de las organizaciones estudiantiles que le jalaban al tropel. Un grupo de personas intentó mantener sus estructuras y liderazgos con un manto de emotividad. Y los únicos que quedaron intactos fueron aquellos que conformaban la parte del movimiento estudiantil que participaba en las asambleas y que rechazaban todo tipo de violencia.
En el 2000, cuando fui muy activo, yo manejaba las llaves de unos siete salones. Las guardaba porque les sacábamos copias cuando le colaborábamos a los profes a llevar, digamos, un televisor, o los acetatos y los proyectores. En esos salones los pelados se cambiaban de ropa y preparaban todo. Tres años después ocurriría mi retención en el barrio Prado, en medio de una crisis dermatológica. Aún debo mantener los medicamentos a la mano.
Explosión el 10F
En mayo del 2004 empezaron otras movilizaciones en contra de la firma del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas) y luego del TLC (Tratado de Libre Comercio), ambos con Estados Unidos. Siempre que había acercamientos entre países se realizaban protestas nacionales. En una de ellas viajamos a Cartagena donde se adelantaron los diálogos. A pocos kilómetros de entrar a la amurallada, donde nos esperaban otros manifestantes, desde un helicóptero nos lanzaron gases lacrimógenos, una gaseada terrible y hubo varios heridos.
Decidimos entonces no volver a ir a las ciudades de las negociaciones y optamos por hacer protestas en Medellín. Esto provocó que el 10 de febrero del 2005 se organizara un tropel. Aquello derivó en la explosión de la Facultad de Clínica Farmacéutica en la que murieron, días después, el 18 de febrero, dos estudiantes, Paula Ospina y Magaly Betancur. Hubo muchos estudiantes heridos, al menos 40, aunque siempre se manejó la cifra de 17 debido a que algunos prefirieron no acudir a Policlínica. Entre los quemados estuvo Martín Batalla, Mauricio, que terminó en las filas de las Farc luego de ser encarcelado y quedar libre.
La universidad era considerada el único foco de resistencia en la ciudad, asediada y captada por el Cacique Nutibara, estructura que filtró desde la policía hasta la Fiscalía. De hecho, el director de Fiscalías de Medellín de la época, Guillermo León Valencia Cossio, sería condenado a prisión al comprobarse que benefició a narcoparamilitares para que no fueran a juicio.
La explosión del 10 de febrero ocurrió durante lo que la periodista María Jimena Duzán llamó la ‘don bernabilidad’ de la ciudad. Incluso la única plaza de vicio que seguía tranquilamente era la de la universidad, conocida como El Aeropuerto. Esta plaza, tiempo después, entraría en disputa entre alias ‘Valenciano’ y alias ‘Sebastián’, ambos de la Oficina de Envigado, otrora Nutibara.
Una semana antes, algunos líderes estudiantiles discutieron la participación en el tropel. La mayoría estuvo de acuerdo, a pesar de que vimos que se había descompartimentado el asunto, ya era muy público, y si algo caracterizaba al tropel era su factor sorpresa.
Yo fui uno de los que no estuvo de acuerdo y un día antes de los desmanes, varios insistimos en que no había condiciones. Nos dijeron que éramos unos cobardes. Ellos estaban seguros porque esperaban contar con una gran cantidad de protestantes no solo de la Universidad de Antioquia, sino también de la Nacional, del Sena, del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, el Pascual Bravo y algunos colegios.
Temprano en la mañana de ese día fatídico, me fui para la casa de mi asesor de tesis, en una urbanización al frente de la universidad. Cuando comenzó el tropel, a eso de las diez de la mañana, escuchamos las primeras explosiones. El Esmad, que sabía lo que iba a pasar y estaba afuera desde temprano, comenzó a replegar a los capuchos con gases lacrimógenos.
El gaseo fue tan terrible que los residentes de la urbanización salieron a la calle tapándose la cara. Luego alguien me contaría que incluso los gases llegaron hasta la minorista, donde se paralizó el comercio. Yo estaba en la calle cuando escuché una primera explosión muy dura, y en seguida una peor, terrible, que estremeció el piso y las ventanas de todas partes. Corrieron muchos rumores. Y como yo sabía que se harían cosas fuertes, pensé que era parte de lo planeado. No pensé que hubiera pasado algo tan malo. Me dije que quizá la explosión había sido producto de un miple. Antes habíamos utilizado esa técnica, que es colocar el dispositivo en la cuneta de la puerta y activarlo por medio de unos cables conectados a una pila de 9 voltios. Así cuando pasaba la tanqueta le volábamos una llanta.
Me retiré en dirección al hospital, hasta la estación del Metro. Me fui a ver con un amigo en una cafetería. Lo esperé y no llegó. Vi pasar a alguien de la universidad y lo saludé. Me dijo, “Parce, se calentó la U”. Luego todo fue confusión, ya que comenzaron a llegar los heridos a Policlínica. Era, literal, una escena de guerra. La primera versión que hubo en ese momento fue que el Esmad había tirado un explosivo al Bloque 9. Pero no fue la realidad, y quizá nunca la sepamos.
Por este hecho se cerró la universidad y el Consejo Académico convocó al día siguiente a una reunión con los profesores. En los días siguientes desarrollamos todo tipo de manifestaciones culturales en apoyo a los heridos, ya que en los medios de comunicación se comenzaron a difundir versiones estigmatizantes. Al mes siguiente participamos en marchas varias universidades en una anormalidad académica total. Esperábamos que nos llegara un ataque terrible por parte del paramilitarismo, pues para entonces alias ‘Don Berna’ era el amo y señor de la ciudad.
En una de las asambleas en el Camilo Torres, en donde no cabía un alma, una compañera y yo tuvimos una discusión porque ella planteó la creación de un grupo que tuviera como propósito quitar capuchas a los que torpedeaban. Alguien más propuso que de ahora en adelante sólo utilizáramos el argumento como arma. Yo miraba a los que habían organizado el tropel y ellos se escondían, no decían nada en la asamblea, y a pesar de que tenía rabia con ellos terminé defendiéndolos.
Pedí la palabra y di un discurso en defensa de la capucha y el tropel. Fui el único que lo hizo. Ahí estaban las directivas de la universidad, escuchándome. Recordé en la asamblea que existían fuerzas paramilitares que habían acabado con la vida de personas como Gustavo Marulanda, como Jesús María Valle, como Héctor Abad Gómez y otros profesores; recordé el caso de Albita, Alba Mesa, quien en los años 90 hizo parte de la asamblea; recordé a Chuqui y muchos otros, gente que había sido asesinada simplemente por dar la cara, por expresar su inconformismo, por denunciar injusticias o llevar procesos barriales. Por eso manifesté que taparse la cara tenía su lógica.
El tropel, en esencia, era la expresión última del inconformismo en contra de un gobierno que no nos tenía en cuenta para nada, mientras la universidad seguía siendo desfinanciada y los poderosos hacían sus negocios, y en las comunas la gente vivía sin oportunidades.
Los medios sacaron mi declaración y mi cara salió en pantalla. Por mi casa todos se dieron cuenta de mi postura, que estaba defendiendo las capuchas, que era como defender terroristas, una palabra que puso de moda Uribe. Eso causó tensiones en mi familia, pero la adrenalina corría por mis venas y no podía volver sobre mis palabras: estaba convencido y lleno de miedo, una extraña sensación que provocó que mi autocuidado fuera total. Incluso, en algún momento, llegué a cortarme el cabello, que me dejé crecer luego de salir del servicio militar en Mutatá, donde fui testigo de tres suicidios, dos deserciones y dos enloquecimientos.
Me volví más conocido para las directivas y en compañía de otros estudiantes les exigimos que les dieran todo el apoyo a los heridos de la explosión. Se comprometieron y delegaron a unas personas muy pilosas e inteligentes. Sentí que había que asumir algún tipo de vocería frente a todo lo que había pasado, sobre todo luego de que nos llegara la notificación de la muerte de las compañeras.
Me dio molestia con los organizadores del tropel, que desaparecieron en los días posteriores. Pensaba que cuando se asume un liderazgo hay que hacerlo en situaciones favorables y desfavorables. Yo también fui un motivador de ese tipo de actividades, pero esta en especial me pareció inconveniente. Entonces decidí asumir lo que se viniera. Desde entonces empecé a tener una relación tensa pero cordial con las directivas, principalmente con el vicerrector Martiniano Jaimes y el rector Alberto Uribe.
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