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Espías y agresores en la U.

Yo quedé muy asustado y dejé de participar por un año en los tropeles y las asambleas estudiantiles, donde tenía fama de discutir con estilo de predicador evangélico. Le comenté el asunto a algunos compañeros del movimiento estudiantil y noté poca solidaridad. Comprendí que todos tenían miedo y cada quien lo gestionaba como mejor podía. Asistía a clases de derechos humanos y no hallé acompañamiento frente a mi caso.

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Ese 2003 fue relativamente tranquilo, aunque tenso, porque la ciudad acababa de pasar por una etapa de tremenda violencia desde el 2001 cuando el Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, comenzó una guerra en los barrios empobrecidos y periféricos en contra de las milicias populares.

 

Estas estaban conformadas por brazos ideológicos y militares de las Farc, el ELN y los Comandos Armados del Pueblo, CAP, entre otros grupos. Su repliegue, luego de la Operación Orión en la Comuna 13, en octubre del 2002, dejó en parte acéfalo el movimiento estudiantil de la Universidad de Antioquia.

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Cuatro años atrás, en 1999, cuando ingresé a la universidad a estudiar Historia, esta se encontraba muy convulsionada por las protestas sociales y estudiantiles en contra del plan de desarrollo del presidente Pastrana. Pastrana, que promocionaba una línea educativa que desfinanciaba a nuestro entender la U pública, estaba adelantando diálogos con las Farc y a la vez implementaba el Plan Colombia.

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Antes de iniciar clases, había participado en manifestaciones públicas en la U, había asistido a asambleas por invitación de amigos e hice parte de mítines y movilizaciones que alcanzaron un nivel alto de violencia. Había un Comité Nacional del Paro que fue muy destacado porque sus integrantes eran de la Universidad de Antioquia, la Nacional, el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, el Cefa, la Javiera Londoño, el Marco Fidel Suarez, el Inem, y de la Escuela Popular de Artes, artistas muy activos.

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Para entonces existía un fuerte movimiento estudiantil con lazos en los barrios más pobres, y muchos estudiantes pertenecían ideológicamente a estructuras del ELN o las Farc. Incluso había unos que eran vieja línea del EPL, a quienes llamábamos Epilépticos, línea Caraballo. Esto está muy bien documentado en trabajos de investigación producidos por estudiantes. Los Epilépticos tenían unas viejas armas que ofrecieron a los tropeleros más atrevidos, unos viejos chopos, esperando que Francisco Caraballo, que purgaba 14 años de prisión desde el 94, saliera de la cárcel para que orientara. Pero cuando salió todos estaban viejos y no tenían aliento ni de empuñar un arma, y más aún cuando Caraballo anunció que trabajaría por la paz.

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Mucha gente de la vieja guardia de la parte del movimiento estudiantil más beligerante lo recuerda. Estaba también el MOIR, Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, que estaba en contra de la lucha armada. Había Maoístas, y otros grupos que no sabíamos qué lecturas hacían por momentos.

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No hay que dejar de lado a la Juventud Comunista, muy perseguida por paramilitares, que salía a manifestarse cuando le convenía. Recuerdo otro sector que tuvo fuerza, el Frente Estudiantil Revolucionario, ‘FER, sin permiso’. Ellos utilizaban la volantina como elemento para destacar y hacer conocer sus ideas.

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Allí distinguí a Gustavo Marulanda y a otros líderes,. Llegué a asistir a reuniones en la Ceua, Coordinadora Estudiantil de la UdeA. Fue mi primer contacto con ellos. Yo venía de ser vendedor ambulante de comidas rápidas en Bello, que fue a lo que me dediqué luego de prestar servicio militar en el corregimiento de Pavarandó, en el municipio de Mutatá.

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Por ese tiempo, finales del 96 y parte del 97, esa región vivía desplazamientos y masacres, y el comandante de la Brigada XVII era Rito Alejo del Río, y el gobernador de Antioquia era Álvaro Uribe. A veces pienso que haber visto tanta injusticia allá, me impulsó a meterme en el tropel. Los tratos e insultos a los que éramos sometidos me hicieron comprender lo que me dijo un amigo antes de enlistarme: “Marica, si quiere sobrevivir, tenga una mamá de trapo”.

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Llegamos en plena Operación Génesis, en un momento en que se proclamó que Urabá iba a ser la mejor esquina de América. Cuando nos metieron al monte me acuerdo que con nosotros iban cuatro paracos, que me enteré habían sido guerrilleros del Ejército Popular de Liberación, EPL. Nuestro objetivo era detener a las comunidades afrodescendientes que estaban siendo desplazadas del Bajo Atrato.

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Me tocó, como venía diciendo, los asesinatos en 1999 de Hernán Henao, de Hugo Jaramillo y de Gustavo Marulanda. A su vez, líderes de los 90 estaban ahogados en amenazas de las Autodefensas de la Universidad de Antioquia. En ese momento a mí no me amenazaron. Eso sí, me tocó el reflejo que eso significó para la universidad.

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En junio llegó una lista de amenazas con 40 estudiantes y eso hizo que muchos se la pensaran a no seguir sus luchas. Gustavo, que valientemente denunció a las AUdeA ante los noticieros de televisión, se negó a irse del país y decía que era responsabilidad del Estado asumir la protección de la gente amenazada. Luego de su asesinato fue cerró la universidad por ocho días.

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Recuerdo que por esos días el rector Jaime Restrepo Cuartas se reunió con Carlos Castaño, a mediados de agosto. Este hecho para todos nosotros, los que hacíamos parte del movimiento estudiantil, fue muy sospechoso, pues la ciudadela abrió sus puertas sin líderes ni liderazgos.

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Restrepo Cuartas afirmó que su reunión con Castaño había sido para pedirle que respetara la neutralidad de la universidad. Terminar las materias ese año fue muy difícil. La gente no quería estar dentro de la ciudadela a pesar de que desde diferentes estamentos se impulsaban jornadas por la vida y el diálogo. Yo hice lo propio, tratando de pasar desapercibido y solo iba a la U para asistir a clases y de ahí me devolvía para la casa a pie, en Bello, a seguir con mis ventas de hamburguesas, pues tenía la responsabilidad de mantener parte de los gastos en la casa.

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Entonces ocurrió la desaparición de un amigo de carrera, en abril del 2000, la de Carlos Andrés Agudelo, quien fue detenido y desaparecido por paramilitares. Se lo llevaron cuando visitaba a sus familiares en Santa Bárbara. El rumor que nos alcanzó fue que lo raptaron porque en una requisa le encontraron el carnet de la universidad. Yo empecé a desarrollar algunos liderazgos para denunciar lo de Carlos Andrés. Sentía que eso no podía quedar así, y más cuando escuché la tristeza de su madre.

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Esto me hizo notorio en la U al liderar las denuncias en compañía de dos profesores de Historia, con quienes conformé un comité de solidaridad con el que desarrollamos jornadas de concientización y de exigencia para que fuera liberado nuestro compañero.

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Por esos días nosotros los estudiantes y las directivas condenamos públicamente el asesinato de Luz Adriana Aranguren, estudiante de Biología, cuyo cuerpo apareció con signos de tortura. Y las desapariciones del profe de medicina Javier Correa, y la de mi amigo Carlos Andrés Agudelo. Todos estos casos los investigué con otros compañeros, para realizar las respectivas denuncias ante la Secretaría de Derechos Humanos de la Gobernación, que a su vez remitía las quejas a la Fiscalía.

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Ese año me dije que mi lucha dentro de la UdeA iba a ser denunciando este tipo de violencia, y me fui alejando paulatinamente del tropel, sin dejar de hablar con aquellos que veían al Estado como a un enemigo.

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El 2000 transcurrió casi sin protestas, aunque no faltaron los carros incinerados en la calle Barranquilla. En el 2001 habían regresado algunos de los estudiantes amenazados en los panfletos del 99. Además, habían surgido otros liderazgos. Comencé a recibir invitaciones para hacer parte de organizaciones en la U, mientras adelantaba las denuncias. Incluso, el Defensor del Pueblo en ese momento, José Fernando Castro Caicedo, el hermano del periodista Germán Castro Caycedo, estuvo muy al frente de las diligencias exigiendo a la Fiscalía que hiciera algo.

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Las denuncias, que se originaron desde varios frentes, eran que había ojos y oídos de Carlos Castaño en la UdeA, algo que sabíamos desde hacía años por las mismas declaraciones que habían hecho las Autodefensas de la Universidad de Antioquia. Nosotros siempre quedamos con la duda, pero teníamos las pruebas suficientes para señalar a algunas personas de la comunidad universitaria como responsables de apoyar al paramilitarismo.

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Se habló de Gabriel Atehortúa, jefe del departamento de seguridad de la ciudadela, el cual fue de hecho asesinado a mediados del 2003, en medio de la disputa del Bloque Metro con el Cacique Nutibara, el primero comandado por alias ‘Doble Cero’, y el segundo por alias ‘Don Berna’.

 

Fue asesinado por el Nutibara porque hacía parte del Bloque Metro, cuando se dio toda la división entre ellos por el control de los barrios. Así lo deja ver investigaciones sobre el caso.

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Hubo personas de la vigilancia que nosotros denunciamos, dos de ellos eran conocidos como ‘Chamizo’ y ‘Gelatino’. Así lo creímos y parte de la historia nos dio la razón con los años. En medio de procesos de Justicia y Paz, algunos paramilitares confesaron que personas dentro de la UdeA, de hecho, pasaban la lista de los nombres de las personas a ser atacadas. Entre ellas está un profesor de filosofía.

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