
Días de fuego en el tropel:
!Juepuata, me van a desaparecer¡
Alejandro Sierra es hoy docente, pero hace 22 años fue un líder estudiantil cuyo marco fue la defensa de los derechos humanos frente a la violencia política contra la comunidad universitaria.
Lleva el cabello largo, barba y luce unos anteojos de marco grueso. El escenario para contar el siguiente relato fue la ciudadela de la UdeA, de donde se graduó como historiador en el 2019.
Ese viernes en la mañana asistí a una cita médica en la Clínica CES para que me extrajeran sangre. Llevaba días con un salpullido en manos y cara que me hacía ver como un enfermo de varicela. Días atrás había participado en las protestas en contra del Peajito Social, en Copacabana, y ahora estaba buscando soluciones para aquella extraña reacción de mi piel.
Antes de salir de la clínica, me aseguré de cubrirme la cabeza con una chompa para no irritar los eccemas, y me dispuse a asistir a una reunión en el barrio Prado. En la calle noté la actitud sospechosa de dos hombres que ocupaban un Chevrolet Swift 1.3, de color verde, que no dejaban de mirarme. No les presté atención, me acomodé la mochila y caminé en dirección a la calle 61.
Doblé a mi derecha, junto a una casa de minusválidos y ancianos que tomaban el sol. No llevaba diez pasos cuando me sorprendió ver el Chevrolet tomar mi calle en contravía y acelerar. Decidí devolverme, pero de inmediato una moto DT se subió a la acera y me cerró el paso.
El parrillero, que llevaba una pistola, me puso contra la pared. El vehículo frenó y el conductor se bajó, también armado, y de inmediato me ordenó con rabia, agitando una 9 milímetros: “¡Al carro, al carro!”.
Estaba paralizado de miedo. Hasta entonces había escuchado tantos testimonios de personas que buscaban a sus familiares que me dije: “Jueputa, me van a desaparecer”.
Mi reacción fue quitarme la mochila y ponerla frente a sus caras. El tipo que estaba detrás de mí me pegó en la cabeza con la pistola y a empujones me metieron al carro. Mi mente comenzó a llenarse de confusión y el miedo me paralizó el pensamiento: “Me van a torturar, me van a matar…”.
En ese instante, incluso, recordé los casos de Ángel José Quintero Mesa y Claudia Patricia Monsalve Pulgarín, activistas y defensores de derechos humanos, miembros de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos. De ellos no se sabía su paradero desde octubre del 2000, luego de que a la fuerza fueran metidos a un vehículo, según investigaciones de la Corporación Jurídica Libertad, por miembros del Gaula Rural de Medellín, cerca de donde estaba sufriendo a mis verdugos.
Adentro del carro me esperaba otro sujeto que me obligó a agachar la cabeza. Recibí otra tanda de golpes y empezaron a hacerme preguntas que no entendía. Uno de ellos repetía, “Te vamos a matar si no respondes, te vamos a matar”.
Recuerdo que me dio rabia no haberme despedido de mi madre en la mañana, pues la noche anterior habíamos discutido por una tontería. Me angustió aún más pensar que ella, quizá, terminaría siendo una de esas mujeres que yo tanto había escuchado en mi labor de denunciante de crímenes de Estado. Como la señora María Dolores Henao, madre de un compañero mío en la carrera de historia en la Universidad de Antioquia, Carlos Andrés Agudelo, a quien paramilitares raptaron de la finca de sus abuelos en el municipio de Santa Bárbara, en abril del 2000. Por ese caso había emprendido, junto a unos profesores, varias denuncias.
Sabían mi nombre. Me preguntaban, a la vez que revisaban mi mochila y mis papeles, que para dónde iba, que qué hacía, qué por qué caminaba con el rostro cubierto. Los interrogantes y los dolores por los golpes me hicieron volver en sí. Me descubrí las manos y les expuse mi cara. Noté con miedo que el salpullido, en partes, supuraba y aproveché para explicar mi condición. Les dije: “Miren, lo que pasa es que estoy enfermo y creo que es contagioso, por eso vine a la clínica, miren, miren… señores, me siento muy mal”.
Me cubrían unas ronchas feísimas y calientes que, me imagino, habían empeorado por la carga de nerviosismo y pavor que intentaba contener. El que me tenía agarrado por la camisa para evitar que levantara la cabeza, me soltó y noté que hizo un gesto de asco.
El sujeto que había conducido el carro me encontró en la mochila unos volantes del peajito social, en donde se explicaban los motivos de las protestas. Además, el man estuvo ojeando un cuaderno de apuntes en el que yo había anotado algunas claves para entender leyes y conceptos sobre derechos humanos, pues en ese momento yo encabezaba una serie de denuncias sobre la violencia política que estaba ocurriendo en la Universidad de Antioquia.
Entonces escuché lo que me pareció una sentencia: “Vos sos guerrillero”. Conocía el contexto de la Universidad de Antioquia para ese 2003, ya que incluso me había tocado la muerte del líder estudiantil Gustavo Marulanda, pocos meses después de que yo entrara oficialmente como estudiante en 1999. Por supuesto que sabía de otras muertes y desapariciones, sabía sobre la composición de los grupos que protagonizaban tropeles en la calle Barranquilla, sabía de la vigilancia espía de grupos paramilitares dentro de la ciudadela, y conocía la maquinaria criminalizadora de la justicia para enjuiciar a todo el que diera papaya o corriera con mala suerte.
Entonces uno de ellos me preguntó, uno que tenía aspecto de baretero salseros de los años 80, de cara huesuda y de bigote:
-¿Quién manda en la universidad?
-El señor Alberto Uribe Correa –dije, y las manos me temblaban.
-¿Quién es él? –preguntó el otro.
- Es el rector, es el rector… –respondía y me pegaban.
Del miedo comencé a hablar como un loco, les daba excusas, les decía quién era yo, les dije para donde iba.
-¡Cállate! –me gritaron.
- Sí, yo me callo…, pero tengan en cuenta que…
-¡Que te callés!
- Sí, señor, yo me callo, pero mire que… -y tumm tumm, dos golpes-. Bueno, voy a colaborar…
Los de la moto seguían afuera, o al menos eso lograba percibir. En un momento alcancé a levantar la vista y en la esquina vi a un señor que miraba con disimulada insistencia hacia el carro. Eso me dio esperanzas, pensé que quizá el hombre llamaría a las autoridades. Pero nada. Pensé en pedir auxilio, pero reflexioné que de esa manera firmaría mi sentencia.
Entonces se acercó un hombre a la ventanilla que se cubría el rostro con papeles y yo solo veía sus ojos, su mirada de rabia impaciente. En cada mano llevaba unas hojas, con unas se tapaba de las cejas para arriba, y con las otras de los ojos para abajo. Era una situación que, en vez de impresionarme, me causó aún más terror. Son escenas que no se me olvidan, porque me llegan a la mente sin que las evoque.
Uno de los hombres salió del carro y se quedó hablando con el extraño de los papeles. El que se quedó conmigo, cuando el silencio se prolongaba demasiado, cargaba y descargaba una pistola, y yo apenas apretaba los ojos y los dientes para evitar escuchar la detonación y preparar mi cuerpo al disparo. Hasta me hice la pregunta, la misma que me hice muchas veces cuando fui un ferviente fanático evangélico que predicaba de casa en casa: ¿Qué se sentirá morir?
Yo creo que llevaba en esa incómoda posición media hora y desde que me habían metido al carro me aguantaba unas tremendas ganas de orinar. Fue tanto que le dije acobardado al tipo que me chuzaba un costado con el arma:
-Hermano, discúlpeme si me le orino aquí, no se vaya a molestar conmigo.
-¡Mucho cuidado hijueputa! –y en seguida me dio un golpe con la mano empuñada.
Entonces uno de los manes que estaba afuera dijo:
-Bueno, ya delen.
Pensé lo peor.
La puerta se abrió y escuché que me ordenaron:
-Bájese del carro.
Yo apenas dije, con voz de achantado:
- No hermano, yo no me quiero bajar.
-¡Que te bajés!
-No hermano… Yo no me bajo.
Entonces me bajaron a las malas a la acera y con dificultad me enderecé. Me tiraron la mochila. Uno de ellos me dijo que revisara si estaba todo. El otro me amenazó:
-Sabemos quién es tu mamá –y dijo su nombre–. No te queremos ver en la universidad en ninguna actividad, y te vas.
Enseguida me ordenaron.
-Vas a comenzar a caminar hacia la casa de discapacitados, y no vas a volver a mirar.
Di algunos pasos y noté que tenía los pies entumecidos. Volví a escuchar la maldita arma cargando. Esperé el ardor de la muerte. Cuando llegué a la esquina, pasé la calle y me metí muerto del miedo a un Comfama que había ahí. Me senté y el celador me miró con desconfianza. Fue terrible, había quedado con la impresión de que todo el que me miraba hacía parte de la organización que acababa de amenazarme, todos eran sospechosos para mí.
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