.jpeg)
Vannesa y Marco, un amor perseguido por los ecos de una explosión: el 10F
Vannesa y Marco son una pareja de artistas que, siendo estudiantes de la UdeA y de la Nacional, padecieron la persecución judicial luego de la explosión del 10 de febrero del 2005, dentro de la UdeA, durante una protesta.
Después de mucho insistir, Vannesa y Marco, como llamaremos a los protagonistas de esta historia, accedieron a una entrevista.
Me encuentro en su casa de campo a hora y media de Medellín, en una colina con vista a la autopista que conduce a Bogotá. La sala es una galería de pinturas, máscaras de seres míticos, maniquíes performados, adornos de utilería teatral y rebeldes seres que parecen asomarse de rincones, vértices y repisas. Una pequeña biblioteca ocupa un lugar discreto junto a la ventana. Tres perros y dos gatos caminan inquietos y sucios de tierra entre nuestras piernas.
Vannesa me pune en las manos una agenda con dibujos a lapicero, y me cuenta un poco de su historia. Marco es un hombre alto, peludo, y lo primero que me preguntó al verme fue si me gustaba el vino.
Vannesa tiene un corte a lo Mia Wallace, la chica rebelde de la película Pulp Fiction, solo que Vannesa ostentaba un rostro a prueba de años y una piel de porcelana blanca. Es risueña, atenta, y fuma de un cigarrillo eléctrico con olor a chicle sandía. Da la impresión de concentrarse en exceso en cada palabra que emite Marco sobre su parte de esta alucinada historia.
Vannesa, hoy una destacada artista plástica, estuvo a pocos metros de la explosión ocurrida en el bloque uno de la Universidad de Antioquia el 10 de febrero de 2005, en la cual quedaron heridos por quemaduras 17 jóvenes. La explosión, que se dio dentro de un laboratorio donde estudiantes preparaban elementos para las protestas en la calle Barranquilla, mató ocho días después a dos estudiantes cuyo rostro hoy hacen parte de murales en la UdeA. Las fallecidas fueron Paula Andrea Ospina y Magaly Betancur.
Una semana después, las autoridades capturaron a catorce estudiantes acusados de ser integrantes de las Farc y el ELN. Los detenidos cobraron su libertad un año después por falta de pruebas.
En la protesta, que comenzó a eso de las diez de la mañana, participaron al menos ciento cincuenta encapuchados de la UdeA, de la Nacional, el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, el Sena y la Institución Universitaria Pascual Bravo.
Afuera los esperaban otro medio centenar de miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía. Los motivos de la protesta eran en contra del Tratado de Libre Comercio que el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez negociaba con Estados Unidos, y que, según los estudiantes, resquebrajaría la industria nacional, en especial la campesina.
Luego de la explosión, que le dejó un trauma que hoy apenas si logra contar, Vannesa vivió una persecución judicial que la empujó a contemplar el quitarse la vida. Por fortuna, su pareja Marco, hoy dedicado a la dirección de teatro, siempre la acompañó en este trance, convirtiéndose él también, en medio de su liderazgo estudiantil, en víctima de las fuerzas que pugnaban por mantener el control de la universidad.
Son las nueve y media de la noche y la casa está cubierta de neblina. La libreta que tengo en mis manos es el único objeto que Vannesa conservaba de aquel día, y que, hasta mi llegada, había permanecido en un cajón guardada hacía quince años.
***
Vannesa: Desde que salí del colegio quise estudiar artes, pero mis papás no tenían una visión buena de ellas. Pensaban que los artistas eran drogadictos, irresponsables y que vivían muy tirados. Ellos estaban rayados de que tenía que estudiar algo que me diera plata. Y lo que más se acercaba a eso era español y literatura: ser maestra.
Antes de entrar a la Universidad de Antioquia, mi hermana, tres años mayor que yo, estudiaba regencia de farmacia y me llevaba. Desde la primera vez que entré me encantó, tanto así que iba sola a la biblioteca, al museo, a los cineclubs, a los ensayos de teatro, a los conciertos de música clásica, a las canchas de deporte y a caminar, y siempre terminaba en la facultad de artes.
Al salir del colegio comencé a trabajar en un restaurante de mesera, y en cuanto salía cogía para la U con las amigas. Luego íbamos a un bar que se llama Bantú, pasando la calle Barranquilla. Me encantaba conocer gente de artes, escucharlos, pasar por los pasillos de la facultad y ver a los estudiantes con sus obras. Yo me veía ahí, ocupando uno de esos puestos frente a un lienzo y viendo clases. Me decía, “Yo quiero hacer eso”, “yo quiero hacer aquello otro”. Y a la vez, me sentía muy frustrada por la presión de mis papás.
Uno de los momentos más alegres de mi vida fue cuando vi mi número de cédula en el listado de recién admitidos, a principios del 2004. Quedé en el puesto catorce. Eso me puso más feliz. Cogí muchas materias. Quería estar en la U todo el tiempo posible. No quería salir de ella.
Con el paso de los semestres mi expectativa sobre la carrera fue decreciendo. Pensaba que iba a conocer de literatura, de autores, pero las formas de estudiar estaban muy cerradas a marcos teóricos.
Yo solo esperaba los espacios de clase en clase para irme a buscar un tinto y un cigarrillo. Me juntaba más con gente de artes que con los estudiantes de literatura. Cuando llegaba dibujaba, pintaba, cantaba, jugaba juegos de mesa, era muy parchado. Y siempre que pasaba algo con capuchos y había que salir de los salones, yo me llenaba de miedo. Creo que eso me venía por haber estudiado la primaria y el bachillerato en un colegio de monjas.
A pesar del miedo, siempre me interesó saber quiénes estaban detrás de las capuchas y por qué se movían así. Pero no me involucraba directamente. La verdad mi educación política era pobre: yo vivía para el arte.
Entonces conocí a un grupo de estudiantes que me fueron involucrando, y digo involucrando porque no sabía que pertenecían a movimientos rebeldes. Uno de ellos me invitó a formar parte de un colectivo de lectura. El asunto tenía una marcada posición política, y seguí asistiendo a los encuentros más por curiosidad que otra cosa. Yo era muy ingenua, una pelada de familia conservadora y con un papá expolicía que no entendía otra idea más que ‘Dios y Patria’.
Hacer parte de una organización rebelde no estaba en mis planes, y eso que notaba a muchas amigas que le jalaban a ese asunto. Lo cierto es que ese grupo todo lo organizaba a las patadas y su espíritu era demasiado libertino. Y la frontera entre ser y no ser parte de los rebeldes era demasiado difusa.
Una vez nos dijeron que fuéramos a un salón de la Facultad de Educación. Vi que unas personas estaban armando papás bomba. Todo se manejaba con misterio, unos y otros vigilaban, y yo iba avanzando de un lugar a otro. La intriga me iba llevando. Rollos de papel aluminio pasaban de una mano a otra.
Uno de ellos me dijo, a modo de charla, “¿Quieres guardarte una en la maleta?”. Le respondí, “Ni de riesgos”. El pelado que me había involucrado me dio unas instrucciones para el día siguiente. Me dijo: “Mañana a tal hora nos vemos en tal parte”. Yo le respondí: “Ah, pero no sé si pueda”. Y él me interpeló algo intimidante: “Ah, pero es que ya estás acá”.
Al día siguiente llegué a la U. Era el diez de febrero del 2005. Estaba con susto, con un mal presentimiento porque sabía que iba a ver protestas fuertes. Llegué haciéndome la boba. Yo los miraba y todos se llamaban ‘compa’. Ahora que lo pienso me faltó carácter en ese momento de pararme en la raya, pero era un miedo revuelto con ingenuidad.
Comenzaron las protestas y la revuelta era fuerte. Yo estaba en el tercer piso del bloque uno, entre gente que iba y venía, por los laditos, sola, y sin participar en nada.
Cuando de repente algo explotó durísimo, no sé si cerca o lejos de mí, y el impacto de la honda me lanzó hacia atrás. Había alcanzado a levantar las manos para cubrirme el rostro. Cuando recuperé el sentido, sentí un fuerte ardor en mi mano derecha. El saco que llevaba estaba quemado por las mangas y parte del pecho. Se me quemó incluso el pelo arriba de la frente y hasta hoy no me ha vuelto a crecer cabello ahí.
Me paré aturdida y mareada. Salí corriendo por las escaleras porque todos lo hacían. En el primer piso entré a un baño a mirarme y parecía haber salido de una mina de carbón. Las manos me temblaban cuando me lavaba la cara. Salí al corredor, donde reinaba la confusión, y aterrada comencé a gritar la palabra clave para el auxilio. Llegaron varios manes con capucha y me preguntaron qué cómo estaba y les mostré llorando mi mano quemada. Ahí fue cuando me di cuenta que había mucha gente involucrada en ese rollo, gente que no conocía ni siquiera.
Uno me dijo que me iba a llevar a un centro de salud en Moravia: “Límpiate porfa que vamos a salir como si no pasara nada”. Otra chica me pasó un saco limpio, me peinó y me terminó de limpiar la cara. Ahora más que nunca pienso que la vida es un teatro. El caso es que salí de la U en moto. Cuando llegamos al centro de salud, me dijo que me quedara afuera y que esperara a que volviera con otra persona.
Mientras esperaba nerviosa, policías llegaron en moto como jaurías. Entonces me dije, “Aquí no entro”, y me fui sigilosa por la acera. No sé cuantas cuadras caminé. Busqué un teléfono público y llamé a Marco a su casa. No éramos novios aún. Cuando le conté lo que estaba viviendo lo escuché tan enojado que pensé colgarle y llamar mejor a mi mamá, aunque lo que menos quería era que ella se enterara de mi estado. Además, yo tenía el bluyín sucio y los cordones de los tenis quemados.
Marco: Eran unos tenis que te había regalado –interviene de repente Marco ante el relato de Vannesa. Hasta entonces, había escuchado las palabras de su compañera mirando las vigas del techo y acariciando su gato obeso. En el tiempo narrado, febrero del 2005, Marco era estudiante de la Universidad Nacional, a la cual se pasó luego de renunciar a la carrera de literatura en la UdeA por un episodio amoroso que narrará más adelante.
Vannesa: Usted no me regaló ningunos tenis, mentiroso –responde Vannesa chupando de su cigarrillo eléctrico. Se había parado de uno de los muebles y ahora continuaba recordando, ubicada atrás de la barra que separa la sala de la cocina. Amasa una gran cantidad de barro intentando darle forma de rostro.
Marco aprovechó para intervenir:
Marco: El caso es que Vannesa lloraba desconsolada. Me dijo que había tenido un accidente. La interpelé y le pregunté si, en realidad, estaba en las manifestaciones en la universidad por eso del TLC. Ella vaciló y terminó confesándome: Sí. Y todas mis sospechas llegaron a una conclusión en desfavor a mis intereses.
Me contó lo de la quemadura en la mano. Yo desde que comencé a salir con Vannesa fui demasiado enfático e insistente en preguntarle si estaba metida en algo así.
Pensé de buena fe que ella no tenía nada que ver con eso. Porque por capítulos anteriores de mi vida yo no quería tener vínculos afectivos con una persona que creyera que la rebeldía violenta o militante era la vía para cambiar el país.
Cuando comencé a escuchar a Vannesa nerviosa y paniquiada me dio fue rabia. Me dijo dónde estaba y lo primero que pensé fue no ir, no ayudarla. Pero ya estaba involucrado emocionalmente. Salí a buscarla.
Vannesa: Nooo, te equivocas, me dijiste, “Véngase para acá”. Yo tomé un taxi para tu casa y el taxista me miró y me preguntó qué me pasaba. Le mentí. Le dije que me había quemado por accidente. Me recomendó que no fuera a un hospital. Le escuché decirme un remedio muy raro. Debí hacerle caso –expresa Vannesa, utilizando ambas manos sobre el barro.
Marco: Yo tenía amistades en la Facultad de Medicina y comencé a buscar, a llamarlos. Pero no encontré a nadie. Recibí a Vannesa y la vi angustiada, caminaba como encogida y con la mano contra el pecho. Miré sus quemaduras –Marco bebe de su vino y mira su propia mano como si apreciara la quemadura.
Vannesa: Es que la mano se me puso gigante –dice, siguiendo la impresión de asombro que su pareja había dejado en el ambiente-. Inflada, como un sapo blanco y no podía ni siquiera apretar la mano. Discutimos. Marco estaba muy enojado, manoteaba y me reclamaba que por qué le había mentido.
Marco: Llevo años tratando de olvidarme de ese capítulo de mi vida.
Vannesa: En la casa de Marco, cerca del Museo Pedro Nel Gómez, me prestó una sudadera que podía subirme hasta las axilas. Marco me insistió que tenía que ir al hospital, estaba asustado por como tenía la mano. Y yo lo interpelaba intentando que se diera cuenta de la situación en la que estaba. Solo le decía, “Parce, ¿a vos cómo se te ocurre?”. Y Marco furioso, me repetía: “Tenés que irte para el hospital”. Y cuando llegamos a Policlínica, comenzó cristo a padecer.
Me dijo una enfermera en la entrada, “Te quitas toda la ropa, te quedas en bata y esperas acá”. Me condujeron a una sala y, oh sorpresa, estaban todos los quemados de la U. Vi gente muy heavymente quemada.
Marco: Los meses posteriores fueron muy bravos. Hoy en día vamos a la de Antioquia, por algún asunto, y en algún momento nos sentimos incómodos, observados. No sé si sea el trauma que nos dejó esa experiencia.
Vannesa: Además porque hay gente que te estudia más de la cuenta. Recuerdo que antes de la explosión había un chico en particular que se me acercó en el bar Bantú, y entonces supe que me tenía estudiada a más no poder. Sabía con quiénes andaba, qué estudiaba, dónde vivía, quién era mi hermana. Y eso que al man lo había visto pocas veces. En el 2010 yo tenía una parcera que era amiga de él, yo ni sabía, y la nena me fue diciendo una vez, “Ve, hay un man que te mandó saludos, dizque la mamacita de Vannesa”. Y le pregunté, “¿Y ese man de dónde me conoce?”. Ella me mostró la foto del tipo en el celular y lo reconocí. Le rogué que no le diera información de mí.
Pero sigo con mi relato en Policlínica. Recuerdo que era un pasillo largo, con muchas camas, una al lado de la otra, donde incluso había varios chicos ya dormidos, con vendajes en el rostro, en los brazos, en las piernas… El escenario era tétrico.
Me hice a un lado en silencio, intentando no mirar a nadie directamente a los ojos. Esperaba la atención médica, sentada en un rincón. Fue la única vez que tuve a Marco cerca dentro de Policlínica, porque nos separaron. Le pedí que llamara a mi hermana y le contara en dónde estábamos.
Marco: Sí, la llamé, pero no inmediatamente, porque a mí también la policía me retuvo con otros acudientes.
Vannesa: Ah, bueno. No recuerdo mucho de ese día. Sé que me estallaron las vejigas de la mano y me vendaron. La mano con el tiempo se me puso negra. Me echaba cremitas. Lo único que quería era fumar y fumar. Estaba ansiosa, pero no me dejaban moverme de donde estaba.
Se me había olvidado decir que alguien a la entrada de Policlínica se me acercó y me hizo algunas preguntas. Incluso me quitó la mochila que llevaba, la misma con la que había vivido la explosión. Cargaba la agenda de dibujos y un cuaderno de clases. Con esa agenda se quedaron unos días los supuestos antiterroristas para sus investigaciones –dice Vannesa señalando la libreta que tengo entre las manos.
Marco: Esos hombres no solo estaban afuera. Dentro de Policlínica había salas adaptadas como lugares de interrogatorio. A mí me llevaron a un cuarto con otras personas familiares de los heridos. Nos interrogaron tanto policías como personas de civil. Después comenzaron a sacarnos, por turnos, y al tocarme a mí me di cuenta que lo que estaban haciendo era dividirnos en diferentes cuartos.
Volvieron a preguntarme lo obvio: “¿Usted estaba en el momento del hecho? ¿Cierto?”. Ese cierto, esa última palabra, pronunciada con ese énfasis acusador, me previno. Sabía que se trataba de una estrategia de interrogatorio. Las preguntas eran afirmativas, lo que quiere decir que desde un principio era culpable.
También nos requisaron varias veces. Entonces entramos los acudientes a un círculo de momentos que tenía como propósito desgastarnos mental y físicamente. Hay que estar allí y allá, hablar con este y con aquel, nos juntan y nos separan. Eso les permitió a los policías infiltrados de civil intentar pasar desapercibidos y confundirse con los acudientes, y escuchar sus versiones de los hechos.
Nos dejaban solos y nos revolvían de nuevo. No nos dejaban ir por comida ni agua, y para ir al baño éramos seguidos por policías. Nos interrogaron en cuatro momentos distintos, y eran las mismas preguntas, pero revueltas con otras. Años después caí en la cuenta que el mundo kafkiano es más que real.
Busqué cómo salir a hacer una llamada. Vi en el pasillo a un tipo de civil que yo sabía que era un infiltrado. Me le acerqué y traté de írmele por los lados. Utilicé mi discurso mamerto, pues lo había notado empático con los acudientes. Desarrollé mi personaje y le dije: “Mano, ¿usted no ha estado en una situación como la mía?, podría ser su hermana, su esposa, su novia. Permítame hacer una llamada”. El hombre se quedó pensando y me preguntó si la persona a la que acompañaba estaba recibiendo atención médica. Le dije que sí. Lo vi hablar con unas personas y antes de dejarme salir me dijo que solo contaba con cinco minutos.
Vannesa: Usted me dijo que luego lo abordó un man de El Colombiano.
Marco: Ya voy para allá, ya cuento esa parte.
Llamé a la casa de Vannesa de un teléfono público que había en la entrada y hablé con la mamá, que se puso muy preocupada. Le dije, tranquilícese que ella no está herida de gravedad, la están atendiendo, yo solo estoy llamando a reportar la situación por si puede hacer presencia. La mamá me dijo que no podía ir porque estaba trabajando. “Pero le voy a decir a la hermana”, respondió.
El movimiento en las salas de interrogatorio era agotador. Me sentaba, me paraba y me apoyaba en el muro. Dialogaba con las demás personas y percibía que nadie más que yo se daba cuenta del torbellino de espionaje en el que nos habían metido.
Escuché decir que estaban preguntando por la paciente Vannesa afuera, pero que no podían dejarla ir y que podía salir el acompañante. Hice presencia en la portería, me identifiqué y salí. Tomé a la hermana de Vannesa por el brazo y me la llevé hasta el andén y le conté la situación. Después no sé a qué hora de la noche fue que nos fuimos.
Vannesa: Era la tarde, no era de noche cuando salimos de Policlínica.
Marco: ¿Usted se fue conmigo?
Vannesa: No. Yo me fui con mi hermanita, en un taxi hacia la casa.
Marco: Ah, bueno. Decía que cuando me despedí de la hermana de Vannesa, un man me dio una tarjeta y me dijo: “Llámeme para lo que sea, yo soy un periodista de El Colombiano, yo estoy con ustedes, quiero hacerlos visibles, porque si los hacemos visibles la opinión pública se va a enterar de lo que está pasando, es una forma para protegerse…”, algo así me dijo.
Vannesa: Entonces llegó mi hermana y luego de un rato me dejaron salir para la casa. Me subí con ella a un taxi y lo primero que le pregunté fue si Marco estaba muy enojado, porque apenas si lo había podido ver. Nos habían separado y no me dejaron verlo –Vannesa seguía dando forma a la masa y ahora era claro que no modelaba un rostro, sino una oreja, una enorme oreja.
Marco: Antes de irme me hicieron una reseña, algo absurdo porque hasta ese momento la inteligencia ya sabía todo de mí. Los datos me los tomó una persona uniformada. Esta fue la tapa del universo kafkiano.
Vannesa: Jajaja… Sí. Bueno, pero mi hermana me dijo que sí, que Marco estaba enojado, echando chispas.
Antes de irme con mi hermana, recuerdo que un hombre con una camisa roja se me acercó y me preguntó, “¿Usted se llama Vannesa?”. Y añadió, “Lo que pasa es que soy de un grupo antiterrorista y estamos investigando qué fue lo que pasó en la universidad. Me preguntó la misma cosa que ya había escuchado antes: “Puede responder unas preguntas: ¿Qué estaba haciendo al momento del hecho?”. Dije: “Pasaba por ahí”. Me pidió que le mostrara las manos y las palmas las tenía limpias, y el sapo muerto arriba ya vendado. Recuerdo lo de la camisa, pero no su cara. Seguramente nos siguieron. Es lo que creo después de lo que viví y que he querido borrar de mi mente para siempre –manifestó Vannesa haciendo un gesto al cielo como un ruego. Continuó:
Cuando llegué a mi casa comenzó lo más terrible. Todos estaban mal. Mi padre me culpaba de lo que me había pasado, y la cosa era peor porque él había sido policía. Lo tenía todo el tiempo sobre mi diciéndome que yo era una guerrillera. Yo no sé cómo es que no me enloquecí en ese momento. Le escuchaba gritar: “¡Quién sabe usted dónde estaba metida!”.
Lo peor fue que por Radio Paisa dieron la noticia de la explosión de la Universidad de Antioquia, que había más de no sé qué número de heridos, que había sido un acto de terrorismo y que todo eso era orquestado por las Farc y el ELN. Casi se me sale el corazón cuando comenzaron a dar, uno a uno y muy bien pronunciados, los nombres de todos los heridos que habíamos entrado a Policlínica.
Hoy pienso que esto muestra cómo actuaron las autoridades con los universitarios, exponiéndolos al público y cargando lo sucedido de puras acusaciones: el noticiero no informaba, acusaba. Toda la cuadra del barrio se enteró que yo había participado en ese acto que fue noticia nacional. Fue una cosa heavy.
.png)
