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No te acerques a tu casa

Vannesa: Mi papá dejó de hablarme. Mi madre se veía baja de nota. Mi hermana en más de una ocasión me interrogaba, me pedía que le contara la verdad. Opté por quedarme cayada ante el miedo de que fuera incomprendida, avergonzada de haber terminado en un hecho que dividió la historia de la familia.

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El abogado de la universidad me recomendó no salir con frecuencia y estar atenta a quiénes estuvieran a mi alrededor. Ese señor me pareció muy buena onda y confiable. El man que me involucró en este rollo desde el principio estuvo muy pendiente de mí, comportándose apenado. Pero lo que menos quería era que ese tipo me hablara.

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Lo que menos quería era volver a la U. Le cogí hastío y como no regresé, mis notas se fueron al piso. No recuerdo si cancelé semestre. Luego el abogado llamó a mi madre y le pidió que fuera a una reunión. Ella no podía, así que fui con una prima y los abogados nos recomendaron: “Busca un espacio diferente a tu casa. Tienen información completa de ti, de tu casa, de tus vecinos y tus amigos, saben quiénes te visitan y cuánto tiempo se quedan contigo”.

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¡Hp, ¿Y para dónde me voy?!

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Terminé viviendo un par de semanas con una tía. Allá me sentí aún más encerrada, ansiosa, como si mi vida se hubiera detenido en un nudo de problemas. No hacía más que fumar.

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Se me olvidaba decir que incluso alguien conocido de la universidad me dijo que si quería me fuera para su casa, y yo: “No, gracias”. Lo que quería era alejarme de todo ese asunto, y sabía que él participaba en las vueltas.

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Luego volví a ver a Marco. Nos extrañábamos.

 

Marco: Creo que aguantamos sin vernos como un mes. Vannesa me llamaba por teléfono donde una amiga en Moravia.

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Vannesa: Yo te llamaba al celular, uno de esos que tenían linterna, te lo conseguiste por esos días.

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Marco: No sé, la verdad. El caso fue que nos vimos en la casa de Amanda. Me gustaba que nos viéramos allá porque el barrio se prestaba para caminar y tener una vista completa del perímetro. Yo en ese momento estudiaba en la Facultad de Artes de la Nacional.

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Vannesa: Comencé a verme con Marco en su casa. Recuerdo que me quedé a dormir con él y esa noche soñé algo tan horrible, que me estaban persiguiendo, como una fuerza maligna que quería encerrarme. En ese momento me llamó el abogado de la U a un celular que había logrado conseguirme. Eran como las 5:30 de la madrugada.

 

Me dijo alarmado, “Acaban de hacer una captura masiva de estudiantes”. Me asusté y me insistió: “Ni te acerques a tu casa”. Entré en un ataque de pánico: Marica, ¡cómo es que no voy a poder volver a mi casa nunca más! ¡Qué es esta mierda que estoy viviendo!

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Entré en un bajón emocional que no se imaginan –dijo Vannesa sin dejar de mirar a Marco. Esa madrugada tuvo que haber sido la del 4 o la del 5 de mayo del 2005, días en los que la policía capturó a 14 estudiantes de la UdeA tras ser sindicados de hacer parte de las Farc y el ELN. La mayoría de detenidos eran estudiantes que Vannesa había visto en la sala de urgencias de policlínica y que aún seguían recuperándose de las quemaduras.

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Marco: Pensé, si la van a buscar a ella, la van a buscar donde estoy yo. Ellos sabían dónde vivía. Yo solo me imaginaba cómo volarnos por los techos en medio del fuego cruzado.

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Vannesa: Jajaja, exagerado. Yo pensé, y ahora para dónde cojo sin ropa, sin nada ¡Qué chimbada! Hablamos un rato en la cama y decidimos salir.

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En la calle siempre nos preguntábamos si esa moto o ese carro lo habíamos visto antes. Recordé que alguien me había dicho que en estos casos debía caminar consciente, sin dejarme distraer de los pensamientos. Eso es otra cosa, la preocupación no te deja concentrarte en el presente y comportarte natural. Eres otra persona cuando te sientes amenazada y más cuando sabes que detrás está la inteligencia militar.

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Me acordé de la película La noche de los lápices, y pensé que me iban a desaparecer. Algo que no se me olvida es que sentía que me estaban tomando fotos desde cualquier carro estacionado. Era una locura. Días después me hice unas modificaciones. Antes me hacía trencitas y rulitos, así que comencé a alisarme el cabello, que lo tenía hasta la cintura.

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Marco: Uno se cansa del tema de los códigos de conducta y de estar alerta. Trataba de grabarme las placas de los carros y las motos. Entonces teníamos que abrirnos a un sitio seguro. Era terrible pensar que terminaríamos en una fosa común. ¿Qué más podía pensar?

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Se me olvidaba contar que después de lo sucedido en Policlínica, llegué a la casa a destruir un montón de dibujos y trabajos universitarios de la Nacho. Yo estaba metido en la película desde mediados de los 90, cuando tuve mi primer problema de persecución por el asedio que vivió mi papá que era sindicalista.

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Yo estaba haciendo una serie de afiches críticos a los gobiernos totalitarios y fascistas. Recuerdo que había ido al Teatro Sinfonía, en el centro, cuando se estaba volviendo teatro porno, y me regalaron todos los posters que había en la bodega. Los posters eran de películas antiguas, clásicos, que de tenerlos hoy valdrían una fortuna. Con ellas había hecho montajes políticos de la coyuntura actual.

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Pensé, si me encuentran esto me van a involucrar. Los quemé todos en el patio de la casa. Es que la inteligencia militar está compuesta por una maquinaria ciega concentrada solo en dar resultados, inflar cifras y satisfacer a superiores que, a su vez, luego exhiben como un trofeo sus resultados en los medios de comunicación.

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Pienso así porque me tocaron dos atentados contra mi papá. Él lideraba un sindicato de trabajadores bancarios. Con él iba a las marchas. Le hicieron unos     atentados. El primero fue en el barrio Castilla. Yo tenía como seis años. Él se había separado de mi mamá y estábamos en su casa, en un segundo piso. En la entrada de las escaleras arrojaron un petardo. Luego mi papá me contó que el banco le ofreció un ascenso y un mejor salario si se alejaba de sus actividades sindicales y él terminó aceptando.

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Vannesa: Luego del día de la captura masiva y de estar unos días perdida, la cosa se calmó y comencé a ir a la casa de mis papás. El abogado de la universidad me contó que en contra mía no existían pruebas para llevarme a juicio, al parecer porque mis heridas no me involucraban.

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En las semanas siguientes fui citada en la Fiscalía. No se me olvida la primera vez que tuve que comparecer. El abogado me advirtió, “Vas a notar que te van a llenar de terror, debes estar tranquila, ellos buscarán que contestes lo que ellos quieren”.

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Al ingresar en la oficina de la fiscal noté a dos infiltrados. Gente de civil entrando y saliendo de la oficina en actitud sospechosa mientras me interrogaban. El abogado ya había acompañado a otros estudiantes y la verdad me generaba tranquilidad, era un tipo inteligente.

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Y ahí me di cuenta de algo terrible: la fiscal me sacó un libro, una bitácora sobre mí, y la puso delante de mis ojos. Comenzamos a mirarla.

 

Tenían fotos de mi casa, de lugares que había frecuentado con amigos para salir de la depresión, tenían fotos de mi mamá, de mi papá, de mi hermana, de Marco, de mis vecinos, de la puerta de la casa, del barrio, de la calle donde crecí, incluso del perro callejero de la cuadra. Estaba abrumada.

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Luego sacaron la agenda de dibujos que tenía en la mochila que me habían quitado en Policlínica. Me preguntó la fiscal que por qué dibujaba así, que esto qué quiere decir, que ese símbolo de dónde lo había sacado, que por qué la agresividad en los trazos… era una locura.

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La fiscal incluso me preguntó: “¿Por qué tienes una agenda con dibujos a rojo y negro?”. Y respondí: “Porque son los únicos lapiceros que tengo”. Y de hecho eran los que utilizaba para escuchar las clases, pues se me convirtió dibujar en una forma de concentrarme en la voz del profesor.

 

Era una cosa absurda. El azar, el destino, las constelaciones, el devenir, el espacio tiempo, el karma: hasta ese momento pensé que todo estaba en mi contra. Me dije, “Juepucha, me clavé un cuchillo”.

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Al final me entregaron la mochila con todo, incluso con una caja de cigarrillos que tenía entera, con la agenda, lapiceros, mis cosméticos. No se me olvida que aún olía a pólvora. Creí haber salido bien librada, aunque por dentro estaba llena de terror. El abogado me aseguró después que la orden de captura en contra mía había sido anulada: “Puedes estar tranquila, nada va a pasar, sigue con tu existencia”, fueron sus palabras.

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Quizá fui como a cuatro interrogatorios, y cuando me sacaban la bitácora yo rogaba no ver fotos en momentos en los que me había sentido segura.

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Cargué con tantas culpas. Mis papás señalándome, culpándome por lo que había sucedido. No supe qué hacer con mi vida y lloraba mucho.

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Una vez en la terraza de la casa planee mi suicidio. Miré hacia el techo, buscando donde colgar un lazo y me dije que era fácil, solo era subir a una silla, poner la cuerda alrededor de mi cuello, dejarme caer y en unos segundos acabaría todo. Cuando estaba decidida a ejecutar mi muerte, un parcero llegó a hacerme una visita. Escuché sus golpes en la puerta. Cuando lo vi lo abracé y me puse a llorar buscando consuelo. Me sentía angustiada, perdida, segada, no podía ordenar mis ideas. Él me salvó de matarme.

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Ya era una buena noticia que no me iban a judicializar. Se lo conté a mis padres para tranquilizarlos. Pero días después no sé a quién hijueputas se le ocurrió llamarlos a las dos de la madrugada para decirles que estaban tratando de localizarme para que les entregara una mariguana que me habían dado a guardar. ¡Imagínense! Sí hay gente muy mala en esta vida.

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Mi papá me despertó y me gritó: “¡Yo no sé usted quién es! Dígame la verdad, usted en qué está metida. Usted se metió a la universidad fue a vender drogas”.

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Mi vida fue una pesadilla, literalmente. Estoy segura que fue la Policía.

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Esos meses fueron muy difíciles porque siempre me ha gustado rodearme de gente y yo encerrada o con Marco. No quería que nadie me viera. Quería sacar esos recuerdos de mi memoria. Pensé que iba a ser juzgada constantemente. Entonces llegó la tapa de este drama: Me di cuenta que estaba embarazada de Marco.

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Eso complicó las cosas. Ahora sí pensaba que mis padres me iban a dejar, echar de la casa. Sentía que ellos me odiaban, que los había decepcionado. Era darles la noticia de mi embarazo en momentos en los que ellos creían que era una completa delincuente. Mis papás me dijeron, “Usted es la oveja negra de la familia”. Ahí decidí definitivamente irme a vivir con Marco.

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Marco: Pero antes de seguir quiero explicar por qué me enojé tanto con Vannesa ese 10 de febrero del 2005 cuando me llamó.

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Yo había entrado a la Universidad de Antioquia en 1999, antes de ingresar en la Nacho y conocer a Vannesa. Vivía en Aranjuez, un barrio con una tradición sicarial muy notoria. Pero el barrio también era la cuna de movimientos artísticos, rockeros y raperos. Incluso llegamos a conformar un grupo espiritista y de meditación y nuestro escritor de cabecera era Carlos Castaneda. Con él encontramos ese otro mundo que pocos advierten, muy de la mano con la idea de los universos, el punto de encaje y seres de otros mundos.

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Otra parte de la juventud de Aranjuez era muy existencialista y romántica, por eso nos rodábamos libros de Vargas Vila y nos pasábamos los casetes de Sui Generis. Esta precuela antes de contar mi entrada a la UdeA, es por unos embragues que hay en la historia –dijo Marco, como si se hubiera metido en el papel de uno de sus personajes de teatro.

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Recuerdo estar en el bloque 16 de la UdeA llenando el formulario, decidiendo si me metía a artes y marqué español y literatura. Pasé becado y comencé un semestre intensivo que fue nocturno. En el segundo semestre comencé a involucrarme con las asambleas en el bloque 10. En algún momento entramos en una anormalidad académica por una fuerte discusión que se estaba dando en todas las facultades. En una de ellas recuerdo a unos capuchos que se llevaron a un tipo de la seguridad de la universidad porque nos estaba tomando fotos.

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En el movimiento estudiantil había cierta polarización. Se hablaba de las acciones pacíficas y de las acciones de participación ciudadanas, que era del lado del que yo estaba. Un sector de la asamblea hablaba de forma sarcástica, ridiculizando estas posturas.

 

Se mofaban de que ninguna revolución se había hecho sin armas y sin acciones contundentes. Creo que la mayoría pensábamos en las acciones pacíficas. Además, veníamos de un periodo de asesinatos y exilios.

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Recuerdo que hicimos una acción a la que llamamos, ‘La toma de los pupitres’, que desplegamos en la calle Barranquilla. Sacamos pupitres y ocupamos la calle, todos en silencio. Entonces por delante nos llegaron unas tanquetas, y por atrás tres patrullas de la policía. Yo me paré a mirar qué iba a pasar, cuando vi que de las patrullas se bajaron dos sujetos de civil que se metieron entre los estudiantes y sacaron de sus maletas papas que arrojaron a las tanquetas. Salieron corriendo, se subieron en una patrulla y esta arrancó.

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Las tanquetas comenzaron a golpearnos con chorros agua. Vi compañeros volar por los aires y las peladas que compartían conmigo la acción pacífica, corrían por todos lados empapadas. Ver a los infiltrados boicotear una acción pacífica me hizo perder una parte de mi inocencia. Ese día me di cuenta que existen los agitadores infiltrados y meses después lo corroboraría por cuenta propia.

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Resulta que cierto día se llegó a la decisión de hacer una jornada artística para dar a conocer a los demás miembros de la comunidad las problemáticas que motivaban el movimiento estudiantil. Se decidió que también era necesario que cada facultad tuviera su mesa. Me postularon y así terminé asumiendo esa vocería encargada de organizar el debate político dentro de nuestra facultad.

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Por esos días sacaron a los vendedores ambulantes de la universidad luego del asesinato de dos pelados dentro de la U. –este doble homicidio referido por Marco ocurrió el 8 de noviembre del 2001, en el tercer piso del bloque de química, las víctimas fueron Juan Manuel Jiménez y David Santiago Jaramillo, y por este hecho se prohibieron las ventas ambulantes dentro de la universidad.

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Lo cierto es que las ventas estaban afuera, a lo largo de la acera de la calle Barranquilla. En una ocasión nos tocó ver a unos capuchos incendiando un bus, luego de hacernos entrar a la fuerza a los vendedores. Y meses después, en octubre del 2002, fui testigo de un hecho muy teso. Yo tenía un puesto de tintos y al comenzar las protestas nos apuramos a entrar por Barranquilla. En menos de dos minutos se armó una confrontación entre capuchos y agentes del Esmad. Los capuchos arrojaban piedras y papas a hombres del Esmad encaramados en el puente peatonal.

 

Cuando de repente me dio por mirar hacia la portería y vi a un tipo del Esmad dispararle a un capucho que salió corriendo hacia el interior. No sé con qué arma le disparó, pero el bolso que llevaba el rebelde explotó y la fuerza lo arrojó contra un caspete, un puesto de ventas. Las láminas de esa chaza quedaron retorcidas. Me enteré de que había sido un menor de edad la víctima y que estudiaba en un colegio –según una nota de seis líneas y a una sola columna aparecida en El Colombiano el 25 de octubre del 2002, un día después de los desmanes, la persona muerta tenía 17 años, hubo dos heridos más y tres detenidos. En un artículo del proyecto Hacemos Memoria con el que se amplió este suceso en su línea de tiempo, entrevistan al para entonces subintendente de la Policía, Jim Sanclemente. Según la nota, Sanclemente “observaba lo que estaba sucediendo a unos cien metros de distancia de la portería de la calle Barranquilla de la Universidad. Fue desde esa distancia que, aseguró, vio los movimientos de los manifestantes. “Tres de ellos sacaron un paquete grande y se les veía la intención de lanzarlo contra la tanqueta”, testificó Sanclemente.  Había mucho humo, pero según el testimonio del policía, alcanzó a ver que otros encapuchados salieron a recoger a los heridos por la explosión y los llevaron al interior de la Universidad”. La persona fallecida fue Juan Esteban Saldarriaga Villa, estudiante del colegio salesiano El Sufragio, que no había pasado el examen de admisión.

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Continuó Marco:

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Por esos días me abordaron unos estudiantes, dos hombres y una nena. Y uno de ellos me dijo: “Ve, lo que pasa es que nosotros también estamos yendo a las asambleas y tenemos un grupo de estudio donde nos reunimos a leer ciertos autores y queremos invitarte”. Yo terminé yendo al encuentro y de inmediato me di cuenta de la línea política de los involucrados. Leían a Marx y a Hegel. Yo me paré y le dije al grupo: “Hermanos, lo siento, pero a mí me gusta es la literatura y la antropología”. Es más, recuerdo que por esos días yo leía a Mircea Eliade y a Gerardo Reichel-Dolmatoff, y leía el Boom latinoamericano, a Onetti, en ese momento. Y me fui.

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Días después me pararon dos manes en una moto por los lados del Jardín Botánico. Se la daban de bacanes, pero eran muy neas como decimos ahora. Comenzaron a interrogarme aparentando familiaridad. Que si estudiaba en la U, que qué estudiaba, que si participaba en las asambleas, que si me gustaba tirar piedras, etc. Entonces uno de ellos añadió: “Uy, pero tenga mucho cuidado que ahí hay mucho guerrillero”. Eso me pareció muy raro y me puso en alerta.

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A partir de ahí comencé a entrar en un estado de nerviosismo. Sentí que estaba jalando mucho foco, como decimos, muchas miradas.

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En las asambleas de la facultad comencé a ver seguido a una chica. Era emotiva y participaba en las discusiones. Me le acerqué y terminé haciéndome amigo de ella y eso pasó a otro nivel. Se llamaba Bibiana y tenía unos ojos hermosos. Comenzamos a tener un romance. Noté que la atracción no solo era física, también ideológica. El asunto era bacano, nos íbamos a leer al Aeropuerto todo tipo de autores. Me enteré de que era de una familia prestante, e incluso a veces me tiró la liga porque yo andaba tirado. Noté que cada vez que había revuelta me sacaba el cuerpo. No asistía a marchas, ni a las asambleas generales, ni a las manifestaciones pacíficas, no aparecía ni cuando yo muraliaba.

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Entonces en una actividad pacífica con canelazo en la Plazoleta Barrientos, salió de allí uno, de allí otro, de más allá otros. Eran capuchos con sus cuerpos acolchados en overoles, que se formaron delante de todos y gritaron al unísono una de sus consignas.

 

Después accionaron tres disparos y repitieron la acción nuevamente. Los rebeldes rompieron filas y comenzaron a entregar panfletos. Cuando se me acercó uno a entregarme el papel, lo miré a los ojos y reconocí la mirada por la que estaba desviviéndome: Era Bibiana.

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Ella quería que la reconociera. La increpé ahí mismo, pero me dio la espalda y se perdió entre la multitud. Nos vimos de nuevo varias veces y entrábamos en discusiones motivadas más por los sentimientos que la razón. Ella me explicaba por qué defendía esos ideales. Esos debates en lugar de separarnos nos unían. Como yo sabía en qué bando militaba, me confesó que a ella le tocaba perderse tres o cuatro días en el monte a hacer capacitaciones en grupos armados o campesinos. Era como una profesora. No quiero decir a que organización pertenecía.

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Entonces un cierto día, cuando la universidad estaba agitada, me dijo, “Marco, esto está llegando a un punto crítico y creo que no nos podremos volver a ver. Tengo que tomar una decisión”. Le pregunté: “Qué vas a decidir”. Y me dijo: “Yo ya no me puedo salir de esto y no quiero irme para el monte. Mi familia ya lo sabe todo y me van a sacar del país. Pero no puedo irme sin confesarte algo”.

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En ese momento me imaginé mil cosas, menos lo que iba a escuchar. Le oí decir: “Yo llegué a vos por una orden de mis superiores, pero me enamoré de ti, me encantó tu forma de ser. Pero lo mío siempre fue una misión: tenía que enamorarte y averiguar de qué bando estabas”.

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El golpe emocional fue indescriptible. No me quiero ni acordar de eso. Me dio un beso y vi su cuerpo hermoso perderse en un corredor de la universidad, para siempre.

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Dejé la mesa de educación y no volvía a participar en nada. Semanas después cancelé la carrera y me dediqué a pintar. Luego entré a la Nacho y conocí a Vannesa, que acababa de entrar en la UdeA. Por esa sola razón me enojé con ella, cuando me confesó que había hecho parte de las protestas.

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Vannesa: No te preocupes, Marco, dejé de sentir celos por ese recuerdo tuyo hace años… -Vanessa abandonó su lugar detrás de la barra y tomó asiento junto a Marco-. Pero bueno, después de esa pesadilla que venía contando, nos juntamos varios amigos y abrimos un primer taller de arte. Los nervios alterados aún los tenía y duré con ellos más de cinco años. Hasta que la balanza de la vida nos obsequió muchos regalos: el nacimiento de nuestro hijo y un reconocimiento en el mundo del arte que nos ha permitido viajar por otros países. Me reconcilié con mis papás y ahora somos muy buenos amigos.

 

***

 

Son las tres y media de la madrugada. La tercera botella de vino se había acabado y los protagonistas de esta historia dormitan con los ojos vidriosos y entrecerrados. Durante el relato de Vannesa y Marco, yo había tenido la oportunidad de ojear la agenda con 43 dibujos a lapicero que la acompañaba desde hacía 20 años, y que, me dijo, no había vuelto a ojear, guardada en un cajón de recuerdos olvidados.

 

Cuando me la entregó, antes de comenzar esta entrevista, lo primero que hice fue llevarla a mi nariz, y sentí un sutil olor a pólvora. Los dibujos eran hadas de una ternura lúgubre, en mundos hechizados de movimiento y de otros seres fantasmagóricos.

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