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El asesinato de Alba Luz Mea a manos de Ejército

El más significativo logro obtenido por el movimiento estudiantil de mediados de los años 90 no fue haber enfrentado coyunturas tan fuertes como la exigencia del estudiantado de tomar parte en las decisiones más importantes de la U; o las exigencias de respeto frente a las acusaciones de que la Asamblea era una madriguera de haraganes. Ni siquiera lo fue la estrategia con la que enfrentaron los grupos ilegales o los agentes del Estado infiltrados.

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El mayor logro del estudiantado fue crear un mecanismo que les permitiera discutir los problemas de la universidad y el país en la lógica con que estaba diseñada la Asamblea General.

 

Así lo creen líderes de la época, como Elda Soler, María Múnera o Gabriel Bocanumenth, quienes tomaron parte activa en algunos de los episodios más coyunturales.

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Carlos Oliveros también lo cree así. El Teatro Camilo Torres fue el ágora de las ideas, de los debates, de los argumentos, de los puntos de vista, de los discursos beligerantes y reconciliatorios. Era donde se medía el pulso de las propuestas, donde se discutió desde la arbitrariedad de que Bienestar quitara las comidas gratis, hasta la necesidad de analizar quiénes estaban detrás de los asesinatos de estudiantes, docentes, empleados y pensionados de la U.

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Allí también ocupó la atención las opiniones alrededor de la injerencia que el movimiento tenía en problemáticas de ciudad, por lo que incluso las instalaciones del Alma Máter, por iniciativa de Gustavo Marulanda, se convirtieron en refugios temporales para desplazados.

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Para llamar a una Asamblea General era necesario que el grupo de la iniciativa pidiera una cita en la Ceua, donde eran escuchados sus argumentos. Este momento era llamado reunión amplia, donde caían todos los combos de las facultades. Luego se votaba si se justificaba llamar o no a la Asamblea General para crear la coyuntura.

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Con el fin de hacer posible el debate, era ineludible tener una mesa central con máximo tres personas, que se encargaban de hacer cumplir las reglas de las intervenciones, velar por las nociones, el tiempo de estas, las síntesis, las decisiones y las propuestas.

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La mesa jugaba como notaria del aluvión de conjeturas y al final debía tener numeradas las conclusiones, sin errores de sintaxis ni ortografía, pues irían luego a una fotocopiadora (la rectoría se encargaba de esto), y luego a las manos de los estudiantes desprevenidos.

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Aparecieron figuras que se especializaron en dirigir las asambleas. Quizá la más destacada fue Alba Luz Restrepo Holguín. Según Oliveros era una joven tímida, introvertida, de un metro cincuenta, con aura de no quebrar un plato y “una sonrisa que iluminaba el mundo”. Pocos sabían que detrás de aquella fachada de nerda habitaba un ser de carácter estricto, muy pegado a las reglas, que no le permitía un minuto más a nadie cuando intervenía en el auditorio, fuera de la posición política que fuera.

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Cuando acercaba el micrófono a su boca era mejor no contradecirla. Los bandos más extremos y belicosos respetaban su autoridad. Al fin y al cabo, permitía eso de lo que todos estaban orgullosos, una asamblea donde el argumento, a diferencia de nuestros tiempos, pesaba más que las emociones y la desinformación.

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El Negro la conoció muy bien y recuerda cómo llegó a la mesa: “Una vez le dijimos que se sentara en la mesa, pues nos faltaba una persona. Ella estudiaba sociología y nos pareció bien. Cuando se sentó en la mesa esa mujer se metió una transformación impresionante. Inspiraba autoridad, tenía paciencia, era ágil y precisa para dirigir el debate, y dejaba clara su posición cuando le interesaba hacerlo. Pero nunca nadie la acusó de ser tendenciosa con su posición ideológica o política: marxista leninista.

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Era tan ágil que incluso no permitía que la discusión se desbordara en otros temas. Le decíamos ‘Alba mesa’. Ella dirigió la mesa todo el 96 y todo el 97. Hasta que la mataron en el 98. Era una figura respetada por los bandos en disputa, derecha, centro o izquierda, pues no le ofrecía distinción a nadie”, recuerda el Negro con tristeza, pues con ella había logrado tener una fuerte unión que trascendió la amistad.

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Los medios impresos de la época reseñaron de forma ligera la muerte de Alba Luz Restrepo, sin acudir a mayor fuente que las militares. El registro de su asesinato a manos del Ejército salió en medios dos semanas después de su muerte, luego de que las autoridades afirmaran que el explosivo que destruyó la oficina de seguridad y vigilancia de la UdeA había sido activado por miembros de las Farc.

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El grupo insurgente dejó volantes en donde se denunció la tortura y posterior muerte de cuatro personas, tres hombres y una mujer, en el corregimiento de San Antonio de Prado, el 25 de octubre. Del Batallón Atanasio Girardot de la IV Brigada salió la versión de que la explosión, ocurrida el 10 de noviembre, era una retaliación del grupo insurgente por la muerte de cuatro de sus miembros.

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En la nota digital que registra este suceso en El Tiempo, se lee: “El Ejército dijo que los guerrilleros portaban carnés de la Universidad de Antioquia y que les decomisaron una subametralladora, dos pistolas y dos revólveres. Sin embargo, quienes ayer cometieron el atentado dejaron un panfleto en el que aseguran que los muertos solo realizaban trabajo político y que estaban desarmados”.

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Los cuatro muertos fueron: Alfredo Pacheco Rodríguez, Jaime Antonio Giraldo Zuluaga, Edwin Bernardo Vásquez Cifuentes y Alba Luz Restrepo Holguín. Líderes de entonces, como Elda Soler Restrepo, más conocida en tiempos de estudiante como ‘la Negra’, aún no logran contener las lágrimas al recordar la imagen de su amiga. Oliveros, cuando cierra los ojos en un lugar silencioso, puede ver y escuchar su risa “de muchacha soñadora”.

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La muerte de Alba Luz Restrepo, quien incluso fue abusada sexualmente antes de ser torturada y asesinada por el Ejército, sirvió para agudizar la sensación de miedo y zozobra en los líderes estudiantiles.

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Según versiones recopiladas por Hacemos Memoria, Alba Luz empezó su militancia en los Comandos Armados del Pueblo (CAP), milicias que para entonces comenzaban a tener fuerza en los barrios periféricos de la ciudad, pero Oliveros afirma enfáticamente que eso no es cierto.

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Luego pasó a hacer parte, supuestamente, del Movimiento Bolivariano, un ala urbana y clandestina de las Farc. “Según la versión de su amigo, -dice el archivo de Hacemos Memoria-, el compañero de Albita, Edwin Vásquez, era un delegado urbano de las Farc para tareas logísticas en Medellín. En el momento en que ocurrió su muerte, Albita y Edwin estaban comisionados para realizar actividades de exploración de corredores para la red urbana de las Farc, ‘la Jacobo Arenas’”.

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En el panfleto que circuló el día en el que una explosión destruyó la oficina de seguridad, sobre la que recaía la acusación de estar infiltrada por paramilitares, la Red Urbana Jacoba Arenas de las Farc recriminó al Ejército el acto de haber cometido delitos de guerra cuando los implicados ya estaban capturados y no representaban un peligro.

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Al margen de su militancia, Albita había constituido una pieza en ese abanico de voces que hizo posible el debate en las asambleas. Eran encuentros que tenían por objeto replicar la apertura democrática promulgada en la Constitución, cosa imposible de ver en los escenarios políticos, donde el dominio de un par de partidos dirigía las riendas de un país sumido en el narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo, despolitizando reclamos de organizaciones que, incluso, pedían campo en el debate sobre las políticas públicas.

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Existen referencias sobre la presencia de las Farc en la UdeA al menos desde los años 80. De ese tiempo, entre otros hechos, se conoce del secuestro y posterior liberación del docente de la UdeA, Jairo Duque Pérez. El abogado fue secuestrado durante seis meses y se reencontró con su familia en noviembre de 1982, luego de que por su liberación fuera pagada una recompensa.

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En noviembre del 93, tras la huelga de hambre y el fallido campamento, descalificaron y amenazaron al rector Rafael Aubad por el ingreso de militares a la ciudadela y por haber acusado a las Farc de la crisis que por entonces transitaba la U.

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Las Farc también protagonizó tropeles, como ocurrió en octubre del 95 cuando incendiaron una buseta en la calle Barranquilla luego de izar una bandera de la organización, según la prensa. A finales del 98, el rector Jaime Restrepo Cuartas envió una carta a Manuel Marulanda Vélez, comandante de las Farc, para pedirle respeto frente a la neutralidad de la universidad.

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Sobre la tensión que pesaba en la universidad por aquellos meses en los que había sido asesinada Alba Luz, Yanet María recuerda:

 

“Supe que ahora sí al Negro lo estaba dominando el miedo cuando una vez llegó a la universidad con el afro tinturado de mono.

 

Eso tuvo que ser durante el 98, después de que el Negro viajara a Argentina en una de esas dinámicas del movimiento. Siempre que le recuerdo eso me da mucha risa porque yo le dije: ‘Uy, no hermano, Negro, es lo peor que has podido hacer en tu vida, cómo es que te vas a camuflar de los paras así, cómo pretendés verte distinto. Si lo que buscabas era pasar desapercibido no lo lograste. ¡Jueputa! Es que un negro como tú, bien alto y característico, con la misma ropa de siempre y ese caminado que se distingue a kilómetros, cómo se te ocurre pintarte el pelo de mono, es lo más absurdo que he visto en mi vida… ¡Quién te está asesorando, por Dios!’. Jajaja. ¡Va la madre! Es que no se me olvida.

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Yo creo que me escuchó porque a los diítas se quitó ese color horrible. Eso ocurrió días después de que saliera por primera vez amenazado en un panfleto. Yo sí me sentí preocupada, pero suelo ser más racional, más centrada, no me dejo dominar por los sentimientos ni bloqueos como sí noté que les pasó a muchos que parecían paranoicos”.

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Siguiendo con los recuerdos del Negro:

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“Cuando a Alba Luz Restrepo la matan se monta otro loco a la mesa, conocido como el Barbas, Norberto, que le dio cáncer de hueso, osteosarcoma y, aun así, bajo las inclemencias de la quimioterapia iba a dar orden en las asambleas en las cuales se discutió el plan de desarrollo del presidente Pastrana.

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El Barbas iba recién salido de la quimioterapia, totalmente calvo, sin cejas, apenas pudiendo mover su cuerpo. Tomaba lugar en la mesa y, siguiendo la disciplina que Alba Luz había dejado, dirigía el debate con autoridad, pero con un carisma que sólo podía inspirar él.

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El Barbas ocupó su lugar hasta que las amenazas de las Autodefensas Universidad de Antioquia se encargaron de terminar de minar la poca confianza de los líderes. Y en parte, hay que aceptarlo, el asesinato de Marulanda, las amenazas, los exilios y la gravedad de la violencia que vivía la ciudad, hicieron desvertebrar el movimiento estudiantil, rompiendo a finales de los 90 el empalme generacional”.

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El Negro hace memoria, reflexiona sobre cómo lo golpeó el continuo ambiente de amenaza de finales de los 90:

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“Cuando me amenazaron me faltaba poco para graduarme y el movimiento estaba en todo su furor. Nosotros no paramos ante la adversidad. Había pasado el asesinato del profe Hernán Henao, los medios de comunicación no nos bajaban de bandidos, los tropeles eran continuos y había tantos bandos que en algún momento no sabíamos quién pertenecía a qué grupo.

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La estrategia del miedo estaba funcionando: cada vez éramos más desconfiados.

 

Hay que trasladarse a esa época para entenderlo todo. El punto de inflexión fue el asesinato de Marulanda. Es que había una determinación de vida. Uno pensaba que iba a terminar muerto, era una especie de sentimiento un tanto depresivo. Yo le atribuyo mi problema con el alcohol a eso. Tenía compañeros muertos, otros encarcelados y otros más desaparecidos; es como si uno hubiera merecido morir con la época.

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Todo el tiempo tenía miedo, al punto de nunca dejar nada en la casa que pudiera incriminarme, cualquier bobada, porque las autoridades se pegaban de eso para las órdenes de captura. E incluso salir de la universidad era todo un proceso. Yo iba hasta la entrada del Ferrocarril, me devolvía, entraba al baño, iba de un lado a otro, me fijaba que nadie me siguiera, subía al segundo piso del bloque cinco, bajaba y salía por el Ferrocarril, y esto lo hacía solo porque pocos me querían tener cerca.

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Y todos los días cambiaba de camino y rutas. Era lo que había que hacer. No le daba el teléfono a nadie ni con nadie me tomaba fotos. Yo no tengo fotos de esa época. Creía que debía haber muerto, porque otros habían dado todo por la lucha estudiantil. Entonces ¡por qué hijueputas sobreviví! Esa era la recriminación que me hacía cada vez que me emborrachaba metido en las selvas del Chocó. Todos los demás lo habían dado todo y darlo todo era la norma. Aquí la excepción fueron los que sobrevivimos, y sobrevivir fue casi que un acto de cobardía”.

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