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La huida a las entrañas de la selva del Darién con un maletín de primeros auxilios

Llegué a Quibdó a mediados de 1999, a la casa de doña Mirna, una de las hermanas del profesor Enrique Rentería. A ella comencé a pagarle una habitación. Llegué para la inauguración del hospital de primer nivel de Quibdó, el Ismael Roldán. El gerente era de apellido Salamandra, una buena persona. Yo trabajaba como médico general y atendía urgencias, y me iba enterando de lo que sucedía en la universidad escuchando la radio.

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Creo que logré conocer todas las comunidades indígenas y negras del Darién. Trabajé con el hospital, luego con la Diócesis de Quibdó y después con dos ONG, la primera vasca y la segunda francesa. En el 2006, ya en Medellín y tras buscar fortuna y fracasar en un negocio propio, comencé a laborar en la Fundación Médico Preventiva, con los docentes hasta el año 2011.

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En el Chocó me tocó asumir una forma de vida solitaria, alejado de toda dinámica con todo conocido, salvo con Yanet. Ni siquiera le dije a mi mamá por qué estaba donde estaba. Los primeros meses no tuve descanso. En adelante me sentí perseguido.

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Las personas más cercanas que tenía en el Chocó sabían de mí sólo que venía de la UdeA, pero desconocían que había liderado parte del movimiento estudiantil. Y este asunto fue muy duro, fue negar el pasado, lo que me había identificado durante nueve años y de lo que me gustaba hablar y pensar.

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Salamandra me dijo que yo era bueno para las brigadas médicas, entonces me llevó al municipio de Lloró, que parece un islote en medio de la selva entre los afluentes del Atrato y Andágueda. Estuve en una comunidad de casas de madera llamada Las Mercedes.

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Meses después, Salamandra me recomendó con la Diócesis de Quibdó, que tenía un cura al que le gustaba trabajar con las comunidades y le seguí en lancha por todas partes. Así comencé con Álvaro, un diácono, y con Luis Carlos, el señor cura. Era el año 2000.

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Donde había tomas guerrilleras o paramilitares, la población se quedaba sin los más mínimos servicios médicos, y la labor de la Diócesis era ir hasta esos poblados, casi todos a orillas del río Atrato a prestar asistencia, y el médico era yo.

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Vi la otra cara del abandono estatal y de esa guerra absurda por el dominio de un territorio inhóspito. Si la situación de orden público era delicada, no volvíamos por seguridad, pues incluso los servicios médicos eran mal vistos por los paramilitares y el Ejército. Los líderes nos rogaban que volviéramos pronto por los brotes de enfermedades.

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Siempre es duro ver a un niño con los bracitos y los pies flacos y la barriga templada, sucios y con la misma ropa. En estos poblados pasaba hasta dos semanas con el religioso, atendiendo en ocasiones casos imposibles de tratar con los instrumentos y medicamentos que portábamos: picaduras de serpientes, varicelas, dengue, parásitos, huesos rotos, hongos, eccemas, aparentes fiebres amarillas, heridas que no cerraban y también gente herida por bala y por machete.

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Estuve a pocos kilómetros del municipio de Bagadó, en el alto Atrato, cuando la guerrilla se tomó el pueblo durante diez días en enfrentamientos con el Ejército, dejando como resultado diez víctimas. Fue el 17 de octubre del 2000. La Diócesis también me llevó a El Carmen de Atrato, un municipio paisa en el Chocó, donde tuve la oportunidad de dar clases de primeros auxilios.

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Después comencé a trabajar con una ONG vasca llamada Paz y Tercer Mundo, por recomendación de la Diócesis. La organización trabajaba en el territorio comprendido por Jiguamiandó y Curbaradó, en el municipio del Carmen del Darién. Allí fui a prestar servicios médicos y a dar clases de primeros auxilios.

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En Curbaradó conocí una comunidad fantástica, negra, organizada, con una gran propuesta comercial y de productos agrícolas.

 

Había abierto su propia carretera para sacar productos hacia la cabecera desde veredas, principalmente plátano y yuca. Había una junta de líderes encargada de las obras con el producto remanente. Era una zona controlada por las Farc.

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Eran tres los líderes en ese gran territorio. Uno de ellos fue Botello, que era alcohólico y santanderiano. Otro fue Juan Díaz, a quien le escribí una canción una vez que lo vi pilando arroz mientras se escuchaba cerca un bombardeo. Y estaba Hombre Viejo, un señor llamado Pedro Murillo, un hombre sacado de novela, de caballo negro, de sombrero tejano y cadenas de oro, muy callado y respetuoso, y cuando hablaba era el veredicto.

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Paz y Tercer Mundo le dio a esta comunidad un trapiche, pero los paramilitares lo quemaron a los días. Entonces comprendí que el paramilitarismo no solo asesinaba a personas y las perseguía, también destruía todo sustento comunitario y colectivo. De hecho, la Brigada XVII, junto a paramilitares, llegaban a los pueblos y firmaban juntos los grafitis, Ejército y AUC, como si esos pactos en el fondo del monte nadie los fuera a conocer.

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Sobre ese tema hay investigaciones y sentencias que corroboran lo que digo. Y esto porque todo ese terreno estaba destinado a la producción de palma aceitera, como de hecho pasó una vez se dio un desplazamiento masivo con la Operación Génesis del Ejército a partir de 1997.

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La resistencia de las comunidades despojadas fue grande a su regreso. Encontraron sus parcelas sembradas de palma de aceite por empresas agroindustriales. Entonces mataron a Pedro Murillo, líder de las comunidades desplazadas de Curvaradó y Jiguamindó, en enero de 2005. A Botello lo metieron preso. Recuerdo que los ataques se intensificaron en tiempo de cultivo de arroz, de yuca y plátano. Los enfrentamientos entre la guerrilla, el Ejército y los paras eran durísimos, e incluso se nos hizo común ver cadáveres flotar inflados en las aguas. Las escenas eran horribles y empecé a apreciar la existencia humana en su completa fragilidad.

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Recuerdo que una libra de sal en el 2001 costaba diez mil pesos en los pueblos más escondidos y hostigados por los paras y el Ejército. La sal era comercializada por pescadores que se atrevían a navegar por horas entre la manigua. Los paramilitares los detenían y les robaban sus compras, si el Ejército no se las decomisaba, y los pescadores terminaban echándole el cuento a uno cuando se les invitaba a una cerveza.

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Los recursos económicos sólo daban para dar clases de primeros auxilios en Jiguamiandó, no para atender personas. La situación que encontramos era dramática. Hubo una discusión entre el equipo para debatir la necesidad de dar más que clases. Mi jefe tenía prohibida la asistencia médica porque no estaba cubierta en la financiación del proyecto.

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Finalmente, varios colegas creímos oportuno hacer el esfuerzo de ofrecer servicios médicos. Las escenas de enfermos eran comunes y había, al menos, que aconsejarlos en su tratamiento. Comenzamos a cargar instrumentos para examinar y diagnosticar, además de algunas medicinas. Poco después salió un proyecto en el que yo iba acompañado de un yerbatero que llevaba por nombre Lucho Trujillo.

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Llegamos a un acuerdo: yo atendía en un consultorio y él en otro. Sé que a muchos profesionales de la salud les hubiera gustado trabajar en esas circunstancias. Todos los pacientes que podía se los enviaba, y él me enviaba otros pacientes. Lucho era un personaje mágico, además de que reparaba radios de comunicación, era radista de onda corta aficionado, abría cajas fuertes y decía tener dos inventos que había enviado a Estados Unidos   para que se los patentaran.

 

La odisea en Bogotá

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Después de trabajar con Paz y Tercer Mundo me fui para Bogotá, pues el proyecto se acabó por la crueldad del conflicto. Traté de montar un consultorio privado y fracasé. Me tocó trabajar como vendedor de comidas en la calle con un megáfono en la localidad de San Cristóbal. Y me convertí en chequeador de buses. Lo que ganaba apenas me alcanzaba para pagar el cuarto y no morir de hambre.

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Caminaba mucho del desespero y me mantenía desaliñado. En noviembre del 2002 llevé mi hoja de vida a Médicos del Mundo Francia. Yo quería buscar fortuna y no volver a Medellín, por el momento. Sabía que la violencia no menguaba en la Universidad. Los tropeles seguían, los asesinatos, las amenazas y secuestros de estudiantes y profesores no paraban.

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En noviembre del 2001 mataron a dos estudiantes en el bloque de Física mientras jugaban ajedrez. Hace poco pasé por el lugar y aún están las marcas de las balas.

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Yo vivía en un cuarto en el barrio San Rafael, en la localidad de San Cristóbal. En Bogotá iba pasando el tiempo y me quedé esperando la ilusión del empleo. Llegué de nuevo en enero a las oficinas de Paz y Tercer Mundo y nada. Me enfermé de gastritis, vomitaba sangre y mis amigos médicos recogieron plata y me la enviaron. Me presenté en febrero y nada. En marzo, cuando no podía caer más bajo por la dura situación, me dijo el coordinador del proyecto que arrimara en abril, fecha en la que se abrían las contrataciones.

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Tenía un solo par de zapatos y estaban rotos y despedazados. Me tocó ir a la entrevista así. Compré pegaloca y los pegué, y cuando entré a la oficina se rompieron los desgraciados. Eran unos tenis grises. Entré al edificio y caminé con cuidado, sonriendo y mirando a la gente a los ojos. Mi ropa estaba deteriorada, aunque bien planchada. Hasta que me di cuenta de que podía esconder los pies bajo los escritorios.

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Me hicieron pasar a una oficina y me entrevistaron. Conté mi experiencia en el Darién. Y escuché las palabras que esperaba desde hacía cuatro meses. Firmé contrato. El funcionario me dijo que tenía que estar el 4 de abril en Quibdó. Le dije la verdad, que no tenía un peso en el bolsillo. Me propuso un vuelo desde El Dorado. Le propuse que me diera la plata, que tenía que ir primero a Medellín para un asunto urgente, que era ver a mis familiares y a Yanet, el amor de mi vida, la mujer que nunca me abandonó a pesar de mi terquedad.

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El funcionario me miraba, escuchando mis explicaciones. Noté que se inquietó por mi aspecto y mi pelo. Finalmente dijo: “Vamos a hacer algo, te voy a dar 535 mil pesos”. Me dio felicidad. De vuelta a casa en bus me bajé en un restaurante que me tenía loco por el olor a carne asada, y que se me había convertido en una obsesión en medio de la carencia. Era carne de oveja.

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Cuando llegué a Medellín le conté a mi familia lo que me había pasado. En Quibdó me dieron un adelanto salarial a las dos semanas cuando me vieron llegar con los mismos zapatos. Y me compré unos Adidas blancos de 200 mil pesos y metí los grises en un basurero cuando me dirigía a la oficina, no se me olvida porque me despedí de ellos.

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Con Médicos del Mundo Francia nos fuimos a trabajar a Bojayá. La sede estaba al lado del centro de salud del pueblo. Viajamos hasta allá en una Panga de motor de 200 caballos de diésel. La panga se llamaba Bunde Mapalé y nos llevaba en tres horas al pueblo desde Quibdó. Ese mismo recorrido, en una lancha con motor de 75, duraba seis horas. Si la nave era impulsada por un motor de 40, el recorrido era de nueve horas. Uno llega con los huesos despedazados y la cara ardiendo.

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El Bunde Mapalé lo conducía Wilson Palomeque, un gran amigo, quien decía que esa lancha era el Mercedez Benz del río Atrato. Nos manteníamos enchaquetados e identificados como galenos. Nos daban dos meses de trabajo y cinco días de descanso. Teníamos dos sedes, una en Bojayá y otra en Murindó, y yo terminé en la de Murindó. Allá viví en la casita de Chelo, el mejor de mis amigos de toda mi historia hasta hoy, natural de Murindó y conductor de lanchas de Médicos del Mundo Francia, que luego sería alcalde del municipio.

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Al final de las jornadas, me quedaba con él y remataba todos los días con ron y cerveza. Éramos un médico, dos conductores, un enfermero, y un extranjero. Me gustaba lo que hacía y no tenía una perspectiva del mañana. Aunque en el fondo estaba depresivo. Todavía no entendía el lugar que me correspondía en la existencia, es decir, perdí esa correspondencia, esa razón de ser existencial, que la lucha estudiantil me dio.

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Conocí a una médica de Bélgica llamada Therese de Foy, quien quedó embarazada de mí, lo cual vine a saber 15 días después de que regresara a su país. La hija que nació de esa corta e intensa relación se llama Elia, que hoy cumple 15 años.

 

Ni yo he viajado a verla ni ella ha venido a conocerme. Es una gran tristeza tener hijos en esas condiciones. Solo la he visto de manera virtual. Tengo claro que no tengo motivos para exigir nada distinto que su indiferencia, sin embargo, me encantaría algún día tener el honor de abrazarla.

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Yo quería hacer una especialización, pero poco a poco fui notando que las posibilidades se iban reduciendo. La necesidad de responder a las carencias de la familia, que siempre fueron urgentes e inmediatas, no me daban ese lujo.

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Volví a escuchar sobre Pedro Murillo, uno de los líderes más respetados, el de caballo negro y cadenas de oro, que siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Era un negro de 1,70, de sombrero vaquero, que andaba por las orillas de los ríos como líder incuestionable. Era un verdadero guerrero para su comunidad. Su liderazgo era lo más prominente que uno podía ver.

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Cuando llegaban los grupos de Derechos Humanos, o cuando llegaba la guerrilla con algún tipo de propuesta, era necesario hablar con Pedro Murillo. En las reuniones él guardaba silencio y todo el mundo hablaba, poniendo atención a cada detalle, y cuando tomaba la palabra y planteaba su punto de vista, era imposible contradecirlo por la lógica de sus observaciones.

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Esto me lo contó Alfonso de Colsa, el madrileño que estaba en Paz y Tercer Mundo y que le tocó negociar con él la realización de los proyectos en Jiguamindó. Tal fue su reconocimiento y respeto, y de alguna manera el amor que le tenía la gente, que cuando comenzó a seguirlo la Brigada XVII y los paramilitares, él nunca se fue de las comunidades.

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Cayó en manos de sus enemigos porque una persona que se puso a trabajar del lado de los paras lo sapeó.

 

Lo ubicaron, lo torturaron, lo asesinaron y después montaron su cadáver en una mula con la que lo pasearon de pueblo en pueblo con el fin de desmoralizar y destruir la resistencia de las comunidades. Eso no lo hacen con todos los líderes y menos con líderes falsos, lo hacen con personas que en realidad están en el corazón de las comunidades.

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El nivel de maldad que hubo en este acto demuestra la bajeza de la guerra. Luego pusieron el cuerpo de Lucho Trujillo en unas instalaciones y lo dejaron pudrirse durante tres días, hasta que unas personas pudieron reclamar su cuerpo con la ayuda de un colectivo de derechos humanos. Su entierro fue monumental.

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Había otro líder, Juan Díaz, un tipo muy sabio, parecía un papá Noel negro, de 1,80 con más de 60 años, fuerte, parecía indestructible. Lo mató un accidente cerebro vascular, en una crisis hipertensiva. Nunca se me olvida su sabiduría: una vez escuchábamos un enfrentamiento en un pueblo llamado Buena Vista, a dos horas a pie de donde estábamos, otro pueblo llamado Bella Flor del Remacho, a orillas del río Jiguamiandó. Es el nombre de pueblo más bello que he escuchado. Escuchamos incluso bombas.

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Eran las tres de la tarde cuando se nos apareció una niña de unos tres años, nada más que con las pantaletas puestas. Había huido de la masacre en la que cayeron cinco campesinos. La niña, según mis cálculos, hizo tres horas de camino por un sendero muy verraco para transitar, entre la selva, dejando atrás a sus muertos.

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Ese día atendí a una mujer a la que le habían dado un fusilazo en el brazo derecho y tenía fracturados los huesos radio y cúbito. Al terminar de atenderla, me detuve a descansar y escuché el ruido de un pilón en un patio de piso de tierra: era Juan Díaz. Me acerqué y le dije, a modo de charla: “Juan Díaz, ¿qué estás haciendo? ¿Pilando arroz?”. Y me contestó: “Aquí Carlitos, pilando porque si toca correr, es mejor correr con la barriga llena”.

Luego le escribí una canción. Solo me acuerdo del coro:

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Y ahí va Juan Díaz,

apilando arroz,

va pilando amor pa’ toda la pobrecía,

allí va Juan Díaz, pilapila más,

amor de mañana,

amor tierra y dignidad.

Hasta que decidí renunciar a Paz y Tercer Mundo.

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Epílogo

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