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“Huevón, es que vos tenías los cuatro males: costeño, negro, pobre y rebelde”.
Carlos Oliveros llegó a estudiar a Medellín en una de las peores épocas de violencia y agitación política. Meses antes, al graduarse de bachillerato y antes de entrar a la UdeA, había aceptado la invitación de unos primos para viajar a la Sierra Nevada de Santa Marta, en inmediaciones de Dibulla, a trabajar de barequero a pocos kilómetros de la parcela de su abuelo materno.
Aquel camino accidentado por el bosque terminaba al pie de un río en cuya orilla, un centenar de personas agitaban grandes bateas de madera con los ojos tan abiertos como les era posible, y con los rostros cubiertos por chorros de sudor. El primer día de Oliveros fue de práctica, de habituar la mirada y comprender las normas sin ley de la minería. Sus primos lo habían prevenido de que el polvo de oro era esquivo, aunque no tanto como para no dejarse atrapar por los perseverantes.
“La primera semana me fue muy bien, me dieron 110 mil pesos, ¡eso era un platal y se lo envié casi todo a mi madre! Y luego en la segunda fueron 54 mil pesos. Y de ahí en adelante no pasé de los 600 pesos. Un día gané 2 mil y me pareció espectacular. Así hasta que una vez meciéndome en la hamaca, flaco, cansado, ojeroso y sin ilusiones, me dije que eso no quería para mi vida y me fui a presentar de nuevo a la UdeA. Era octubre de 1990. No tenía ahorros y me consiguieron el pasaje para Medellín”, recuerda.
Su madre Nilva Rosa Peralta deseaba que su hijo estudiara medicina, “como lo hizo en parte el amor de toda su vida que fue el señor Nicolás Palacio, del que estaba separada”. Pero Olivero le adelantó la sorpresa de que una vez siendo estudiante se pasaría a ciencias sociales o psicología.
Esto le hace recordar a Oliveros que “el hambre genera una desesperada y distorsionada conciencia. Yo vine a entender que había muchas cosas que no comprendía de la realidad cuando fui barequero y vi miles de personas haciendo huecos en la tierra, desesperados en pleno sol guajiro, buscando un pedacito de oro que les diera el sustento inmediato. Eso es de nunca acabar. Mis primos continúan en el negocio”.
Recordar los dos primeros años en la universidad para Oliveros es verse en una etapa de maduración. “Cuando entré yo era el costeño más costeño. Teníamos un grupo especial, había un indígena de apellido Chasoi, un soldado de las fuerzas especiales, Álvaro, que llegó traumatizado por la guerra a la U, y hoy es mecánico en Niquitao. Él no pasó del primer semestre. Conmigo se reían mucho por mi forma de hablar. Una vez un pelao comenzó a molestarme la cabeza desde la silla de atrás. Era clase de estadística y de pronto el profesor Zuan se dio cuenta y preguntó con severidad: ‘Qué es lo que está pasando ahí’. Y yo le respondí:
‘profe, es queste quetácatras me está jodiendo’. Y la gente comenzó a repetir, ‘es queste quetácatras, es queste quetácatras… juajuajua’.
Yo no entendía porque la gente se burlaba. Una compañera llamada Beatriz me dijo, ‘yo nunca pensé en la vida que esa frase fuera verdadera: es queste quetácatras’. Yo la verdad aun no entiendo el chiste”.
Oliveros dice esto último con expresión seria, filtrando con ironía el humor para matizar el matoneo del que fue víctima por dos semestres. Hasta que comprendió que podía sacarle provecho a su particular forma de ser. Se dijo que, si para él era toda una sorpresa las formas como los paisas se expresaban, para ellos su modo de lanzar frases populares de Santa Marta, Riohacha y Sincelejo, debía ser como escuchar un pueblerino sacado de una telenovela.
Muchos años después se encontraría con un compañero de aquellos años, ahora cardiólogo, que le dijo en charla:
“Huevón, es que vos tenías los cuatro males: costeño, negro, pobre y rebelde”.
Pero esto no fue lo único.
Oliveros ocupó un cuarto a cuatro cuadras del Parque Gaitán, por encima de la carrera 30, en Manrique. Todos los días subía y bajaba a pie. Durante dos años utilizó el mismo par de zapatos. Recuerda además que siempre era uno de los últimos en estudiar una lección, pues tenía que esperar a que sus compañeros de medicina terminaran de leer las fotocopias para que se las prestaran.
El hambre también estrujaba. Pocas veces Oliveros lograba llevar una coca con comida. Podía pasar un día con un par de cafés, un pan, y tragando grandes bocanadas de agua de grifo para distraer la falta de comida.
Una vez un compañero del movimiento estudiantil al que apodaban Simpson, le enseñó una estrategia que muchos estudiantes realizaban y que Oliveros desconocía:
“Me acuerdo que una vez Simpson me invitó a comer y me dio mucha emoción porque estaba mal del hambre. Me llevó al restaurante de deportes. Me senté en una de las mesas. Me quedé esperando a que me trajera un almuerzo. Vi que una pareja se levantó y Simpson cogió uno de los platos con una sobra de carne, así, sin escrúpulos, y lo puso frente a mi cara. Luego me dijo, ‘Vaya comiendo que ya le traigo la ensalada’.
Luego me trajo un sobrado de arroz y me dijo: ‘Vaya comiendo hermano para que no se le acumulen los platos’. Le reproché su invitación a comer y el verraco lo que hizo fue regañarme, me echó un discurso para decirme que no tenía mentalidad de ‘Guerra’, esa fue la palabra que utilizó. Con el paso de los días me enteré que esa forma de buscar comida era común entre los estudiantes más pobres, muchos de ellos grandes oradores en la asamblea, como el mismo Simpson.
En tiempos mejores dejamos de ir al restaurante y nos sentábamos todos en un corredor. Se armaba lo que fue conocido como el ‘cartel de la coca’, que consistía en rotar nuestros portacomidas de mano en mano con el fin de calmar la ansiedad de las tripas”.
Pronto el Negro advirtió que habitar la universidad requería más que asistir a clase y mantener el estómago tranquilo.
Comprendió que las ideas y las expresiones que agitaban el devenir académico estaban ligadas a hechos históricos, evocados e interpretados por actores que ocupaban universos sectarios.
Los objetivos de los estudiantes, comprendió el Negro, estaban motivados por las promesas de la constituyente del 91. La inclusión política de diversos sectores sociales motivó el debate dentro de la U. Y en los corredores y al calor de un café, era habitual escuchar hablar con nerviosismo de los últimos asesinatos, desapariciones, amenazas y torturas en los que participaron sicarios, rebeldes, policías y militares, según se aprecia en las notas de prensa.
Las consignas y los rostros dibujados en las paredes de la U, percibió el Negro, tenían como propósito sacar del olvido una violencia política que no menguaba desde mediados de los 80, cuando fueron asesinados los docentes Pedro Luis Valencia, Luis Felipe Vélez, Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur, a manos de los paramilitares en contubernio, al parecer, con agentes del Estado. 27 años después fueron declarados como delitos de lesa humanidad las muertes de Héctor Abad y Luis Felipe Vélez a manos del Clan Castaño, organización ligada a poderosas castas políticas.
El 17 de diciembre de 1987, cuando se pensó que era imposible que la violencia se ensañara más contra la U, luego del asesinato de cuatro estudiantes, fue hallado muerto Luis Fernando Vélez. Vélez había asumido la presidencia del Comité Permanente de la Defensa de los Derechos Humanos, en reemplazo de Héctor Abad. El docente de derecho fue encontrado junto a su vehículo en horas de la noche en la carretera al mar.
Oliveros fue enterándose de estos hechos y de los posteriores. Vio las llamadas milicias estudiantiles incinerar vehículos a las afueras de la U; por primera vez tendría a pocos metros a encapuchados del Ejército de Liberación Nacional repartiendo panfletos y gritando consignas en la Plazoleta Barrientos; escucharía comentar el asesinato de un estudiante de ingeniería, luego uno de derecho, luego una de artes, y así, una lista de crímenes cuya impunidad no dejaba de ser denunciada.
Según recuerda el Negro, la asamblea de estudiantes a principios de los 90 era incipiente, pero activa, y en ella comenzaron a destacar voces que se definieron en octubre de 1993 con una huelga de hambre. El Negro fue uno de los estudiantes de medicina que auxiliaron a los huelguistas. Entre sus exigencias estaba la renuncia del rector y la revocatoria de su plan de desarrollo, que según los estudiantes buscaba paulatinamente privatizar la universidad.
Aquel año terminó de empeorar cuando el rector de la época, Rafael Aubad López, relacionó hechos vandálicos con la asamblea de estudiantes. El periódico El Colombiano, en su portada del 13 de septiembre, publicó la declaración de rechazo de la asamblea por las declaraciones de Aubad, afirmando que la acusación tenía por objeto justificar las incursiones militares dentro de las instalaciones.
La huelga de hambre de octubre de 1993 duró once días y fue apoyada por la Ceua.
Primero participaron ocho estudiantes con el rostro cubierto que se encadenaron en una de las entradas del bloque administrativo. Una de sus exigencias fue tener real participación en la construcción del nuevo Estatuto General de la UdeA, cuya comisión había convocado el rector Rafael Aubad. Los últimos tres días el Negro participó en la asistencia médica de los protestantes que iban cayendo desmayados.
Yanet María, que estudiaba Educación Especial, el día once de la huelga decidió amanecer con los estudiantes: “Yo quería acompañar a los muchachos, darles ánimo, cuando ya en la madrugada nos emboscó el Ejército. Nos obligaron a ponernos de pie a empujones y cuando me di cuenta cada uno tenía de a tres soldados. Éramos como quince. Yo tenía uno a mi derecha, otro a mi izquierda y uno detrás. Nos llevaron a las instalaciones del DAS y nos dejaron en un enorme patio, soportando el frío de la madrugada, sentados sobre el piso. Eso para una costeña como yo era una tortura. Nos mirábamos en silencio. Algunos lloraban.
Yo estaba muy preocupada, sobre todo porque tenía que ir a una práctica académica en el Centro de Servicios Pedagógicos y cumplir un horario. ¡Dios mío! ¿Yo qué le iba a decir a mi coordinadora? ¿Que estaba apoyando la tan sonada huelga de hambre?”, recuerda Yanet mientras observa a su hijo de cinco años, el hijo del Negro, que juega entre la arena con unas gafas de nadador sobre la cabeza, en el Parque de los Deseos. Camilo es discreto, observador, amante de los superhéroes y es la imagen viva de Oliveros cuando tenía esa misma edad: sin exagerar, es exactamente el mismo.
En el transcurso de esa mañana y luego de ser reseñados, los huelguistas fueron dejados en libertad. Yanet recuerda que regresó a la U en compañía de otros retenidos. En el Camilo Torres se presentaba un fuerte debate. Se le acercaron a preguntar cómo estaba, mientras se abría paso hacia el auditorio. Yanet encontró a el Negro en plena discusión, deliberando sobre la forma cómo la administración había echando por el piso los diálogos bilaterales, deshaciendo la huelga de hambre arbitrariamente. Se ratificó el deseo general de que era necesaria la renuncia de Aubad, atrincherado y protegido en el Consejo Superior, que se había posicionado a dedo a mediados de 1992, en reemplazo de Luis Pérez Gutiérrez.
Un artículo de El Tiempo lo dibujó como un entusiasta de la revolución cubana en sus años de líder estudiantil, como un investigador y docente con 22 años de experiencia, con diplomas obtenidos en Francia, Chile y Brasil. Para el momento de su posesión era la cabeza del Centro de Investigaciones Económicas de la UdeA (CIE). En un párrafo se lee:
“Con tanto trajín, encuentra una gran paz en sus caminatas y en la lectura de los libros de Marguerite Yourcenar (que lo hacen pensar sobre las cosas profundas) y en los de Milan Kundera (que lo ponen a reflexionar en lo efímero de lo superfluo)”.
En una nota de prensa del 9 de octubre, durante la huelga, se hizo alusión de la problemática de seguridad dentro de la U a causa de ladrones. Añadía que al menos doscientas personas, entre ellas profesores que reclamaban sus derechos sindicales, estaban amenazadas de muerte, y los casi setenta días de asamblea desde la posesión de Aubad tenía con retrasos de hasta cuatro meses a una docena de carreras.
Según las cifras del informe, la UdeA en ese momento contaba con “19.245 estudiantes de pregrado, más que la Universidad Nacional, en cuya sede de Bogotá llegan a 19.200, tiene 16 centros de investigación, asesoría y consultoría y 138 programas académicos, que han graduado, en 190 años, a más de 33.000 profesionales”.
En la nota referida, Aubad, que había instalado una comisión el mes anterior para discutir el nuevo Estatuto General, afirmó que había pedido la presencia de la Fiscalía dentro de la ciudadela con el fin de hallar a los responsables del torbellino de delitos. A esto, los estudiantes respondieron que era imposible, pues el ente investigativo cargaba la mala imagen de ser una de las herramientas de criminalización desde donde el gobierno ejercía su violencia política.
Carlos Oliveros, “segregado por mi color de piel, mi cultura y mi pobreza”, asegura que su condición de estudiante lo hizo tomar conciencia de que los mecanismos que utilizaba la UdeA para recaudar fondos y llenar el hueco fiscal, estaban recayendo directamente sobre los estudiantes, liquidando matrículas de una forma injusta, sin tener en cuenta el estrato del aspirante y su situación socioeconómica.
Según Carlos Oliveros, aquella Ley 30 de 1992, que tanto prometió un aumento de coberturas e investigación universitaria al servicio social, era una excusa para ir privatizando el claustro universitario. Entre las ideas de la administración estuvo alquilar el Teatro Camilo Torres con el fin de que particulares hicieran uso de él.
Aubad, desesperado ante la situación, declaró al periódico citado en el artículo titulado U. de Antioquia, amenazada: “Yo soy rector de universitarios y no de encapuchados y elementos extraños, y mi única arma es la razón”.
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