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En los años 90, Carlos Oliveros, más conocido en su época de estudiante como El Negro, fue un reconocido líder estudiantil de la Universidad de Antioquia.

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Tomó parte en las principales causas impulsadas por el movimiento estudiantil reunido en la Coordinadora Estudiantil de la UdeA, que deliberaba en la asamblea general.

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Él, como muchos de sus compañeros, fue objeto de la amenaza paramilitar, y por este motivo su vida tomó caminos accidentados donde el miedo siempre estuvo presente.

Negro, pensé que te habían matado

Cuando el médico Carlos Oliveros regresó a Medellín, aún zumbaban en sus oídos los motores de las lanchas con las que surcó los ríos del Chocó. Había pasado siete años de su vida como galeno misionero, llevando consigo una caja hermética de pasta que despertaba la curiosidad de los niños en cuanto pisaba la tierra firme de algún caserío extraviado en las selvas del Darién.
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Seguía siendo un guajiro de risa fácil con 35 años cumplidos. Cuando su pareja Yanet, que lo esperaba en la capital, lo pudo apreciar con detenimiento, lo notó subido de peso y con las mejillas infladas. El doble arco de sus cejas había adquirido ese gesto de severidad que pesa en los Oliveros con el paso de los años. Y su piel, antaño caramelo, se había convertido en un chocolate espeso por la inclemencia de las largas jornadas bajo el sol.
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Al recordar Yanet González Nieto ese 2006, se regocija al pensar que, en esos días, Carlos seguía siendo la misma estampa del niño que aprendió a nadar en un brazo de agua que baja de la Sierra Nevada de Santa Marta, llamado María Mina, en el municipio guajiro de Dibulla.
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La presencia de Oliveros en la ciudad pasó dos años más de agache: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, hasta que se decidió recorrer los pasillos de la Universidad de Antioquia para reconciliarse con su pasado. En la cafetería de Tronquitos alguien lo detuvo y le dijo sin contener el asombro:
 
“Negro, pensé que te habían matado o que habías terminado en un frente guerrillero”.
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La precaución de Oliveros nació en los años 90, década durante la cual había actuado de líder estudiantil en algunos de los capítulos más convulsos de la universidad. Aquel pasado lo perseguía como su sombra. Su identidad seguía anclada en aquel líder de metro ochenta, de bluyín, camisilla blanca y camisa desabotonada, mochila cruzada y zapatos rotos. Su acento peninsular se había hecho habitual en las asambleas estudiantiles, que para 1999 constituían un escenario de debate que conducía el destino de las cotidianidades académicas.
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En uno de aquellos debates acalorados en el Teatro Camilo Torres, pocos días después de que apareciera amenazado de muerte en un panfleto firmado por las Autodefensas de la Universidad de Antioquia (AUdeA), Oliveros irguió su cuerpo desde las gradas altas para pedir la palabra, tras escuchar al también líder estudiantil Gustavo Marulanda, amenazado de muerte en la misma misiva.
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Marulanda, en tono irónico ante las acusaciones paramilitares que lo señalaban de infiltrado guerrillero, dijo:
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“Bueno, si es verdad lo que dicen, entonces voy a reconocerlo, yo soy del ELN”.
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Un rumor tenso cubrió el auditorio, recuerda Oliveros, pues sabía que dentro del recinto un grupo de opositores le reprochaba su actuar agitador, que entre otras cosas había sido parte del combustible de las airadas protestas en contra del plan de desarrollo del presidente Andrés Pastrana. Carlos Oliveros esperó a que la mesa que dirigía la asamblea le diera paso para decir con ese rasgo tan suyo de asumir con humor los momentos más dramáticos:
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“Bueno, ahora todo el mundo aquí se está confesando, yo también voy a decir de dónde soy, yo soy de Asococo, Asociación Colombiana de Costeños, y la presidenta es una burra”. El ambiente beligerante de la reunión estalló en una carcajada que alcanzó el corredor exterior.
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Días después, el sábado 9 de agosto de 1999, dos hombres en motocicleta interceptaron a Marulanda en la salida de la universidad y le quitaron la vida a balazos, mientras su novia Sandra Mazo apreciaba la escena que la marcaría para siempre.
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Carlos Oliveros había tomado precauciones. Hacía sus prácticas rurales a 240 kilómetros de distancia, en el recién inaugurado hospital Ismael Roldán de Quibdó, cuando se enteró del asesinato de Marulanda. A finales del 2007, en versión libre ante los tribunales de Justicia y Paz, el exjefe paramilitar Éver Veloza García, ‘alias H.H.’, confesó que el crimen había sido ordenado por el jefe máximo de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos Castaño.
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La muerte de Marulanda fue la confirmación para Oliveros de que él y otros líderes del movimiento estudiantil, organizados en la Coordinadora Estudiantil Universidad de Antioquia (Ceua), eran objeto de la vigilancia y la violencia con fines políticos que ejercían las autodefensas y el Estado en su búsqueda por eliminar cualquier tipo de expresión de inconformismo dentro de la U.
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De hecho, aquel 1999 dividió de nuevo la historia de la universidad, como ocurrió a finales de los años 80.
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Ese año comenzó con una amenaza masiva a través de la circulación de un panfleto firmado por las AUC, exactamente el primero de mayo, Día Internacional del Trabajo. Tres días después, el 4 de mayo, personas con el rostro cubierto sacaron de la oficina 243 del Bloque 9 al docente antropólogo Hernán Henao Delgado, y le dispararon en tres ocasiones. Henao era el director del Instituto de Estudios Regionales y su muerte hoy es atribuida, según estudiantes de la época, al deseo paramilitar de enviar el mensaje de que nadie estaba a salvo.
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El sábado 15 de mayo, al menos mil personas entre universitarios, docentes, empleados y bachilleres que iban a participar de una marcha con antorchas, y que habían sido agredidas por la policía que no les permitió desarrollar la jornada, salieron de la universidad tras amanecer en ella. Para entonces las actividades académicas eran intermitentes y el ambiente era de total zozobra.
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Hoy, egresados y activistas recuerdan, trayendo su propia experiencia, que incluso la fuerza pública infiltró el movimiento estudiantil con bellas jovencitas que tenían como objetivo conquistar a líderes estudiantiles para sacarles información.
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Posteriormente, el 26 de junio, circuló el panfleto de las AUdeA con los nombres de Gustavo Marulanda, Eder Navarro, Huber García, Jorge Correa, Jorge Maldonado, Carmiña Zapata y el protagonista de esta crónica, Carlos Oliveros, a quien acusaron de pésimo estudiante a pesar de que le faltaban pocas semanas para graduarse, y siempre había conservado un buen promedio. La amenaza de seis hojas decía en la primera página:
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“Hacemos un llamado a la comunidad universitaria a cerrarle las puertas al terrorismo de la narcoguerrilla, y sumarse a nuestra organización…”. Y la frase con la que terminaba la amenaza fue: “Con nuestros mejores deseos para la UdeA, Autodefensas Universidad de Antioquia (integrante de las AUC)”.
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A diferencia de otros compañeros también integrantes de la Ceua, Oliveros optó por no exiliarse en otro país, a pesar de que lo invadía el miedo. Al recordar aquellos años, Oliveros dice que “preferíamos no decir nuestro nombre por seguridad. Pocos sabían que yo estudiaba medicina y todos me decían “El Negro”. Por ese tiempo uno como líder estudiantil tenía que cuidarse porque sabía que podía ser objetivo militar, por eso debía mantener una disciplina de autocuidado.
 
Nosotros, los líderes, estábamos entrenando nuestras mentes para olvidar nombres, direcciones, caras, porque estaba de por medio la traición. Todo esto nos costó sangre, amenazas, desapariciones y estigmas”.
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Los señalamientos en contra del movimiento estudiantil no solo se dieron con mecanismos de desprestigio dentro de las instalaciones, el comandante de las AUC, Carlos Castaño, se valió de su influencia para enviar misivas que los medios de comunicación replicaron sin cambiarles una coma.
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A su vez, la creciente entrada de milicias guerrilleras a los barrios periféricos en la ciudad y su combate con grupos paramilitares como el Bloque Cacique Nutibara, contribuyeron a señalar a la universidad como un “nido del terrorismo”, según el historiador y entonces líder estudiantil Alejandro Sierra. El solo hecho de asistir a las asambleas era suficiente para ser tildado de guerrillero, aunque para nadie era un secreto que células del ELN, el EPL y las Farc hacían presencia en la U con fachadas tanto ideológicas como militares.
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Al notar que sostener la lucha por una universidad pública y crítica a un gobierno que paulatinamente buscaba su privatización, se había convertido en un trabajo peligroso, Carlos Oliveros aceptó la propuesta del presidente de la Asociación de Profesores de la época, Enrique Rentería, de viajar y resguardarse en Quibdó.
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Oliveros planeaba regresar a la U luego de algunos meses con el fin de culminar un sueño, especializarse en cirugía y adquirir el “don de la resucitación” que ostentaban los galenos del Hospital San Vicente de Paúl. Pero un año se le convirtieron en siete, y las desoladoras noticias de la radio daban cuenta de cómo los universitarios se convertían en una de las poblaciones más amenazadas y con mayor número de asesinatos del país.
 
Las estrategias de terror de las AUC, incluso, se habían extendido, entre otros centros de educación superior, a las universidades del Atlántico, Nacional, de Córdoba y Popular del César.
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“El profesor Enrique Rentería me dijo, ‘Marica, no te vayas del país, venite para el Chocó, para mi casa. Eso sí, juicioso, no se ponga a hacer maricadas y terminá tu rural’. El caso fue que yo no pude volver a la universidad, no pude hacer mi especialización ni competir con mis compañeros. Tuve que reenfocar todo mi plan de vida como médico general. Alguien pudo haber dicho que me fuera para otro país, pero no pude y me enloquecía el solo hecho de imaginar que no tendría a mi familia cerca. Además, cuando me fui al rural, todavía andaba con los zapatos rotos y me mantenía Yanet. En el Chocó me dediqué a ser médico y a trabajar en Derechos Humanos”.
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Añade, recordando sus años en el Chocó: “El haber roto por completo el vínculo con mi pasado, me convirtió poco a poco en un alcohólico con delirios paranoides. El solo hecho de pensar en lo acontecido me causaba terror”.
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Sin embargo, las experiencias que lo esperarían recorriendo las selvas del Darién y rehaciendo una nueva vida en Medellín tras su regreso, lo pondrían en situaciones que pocos podrían soportar, como aquella vez que un homónimo suyo entró a su consultorio y le confesó, en tono íntimo y no acordada compinchería, un hecho que a Oliveros le heló la sangre.
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