Biblias y fusiles
Yo hice parte del bachillerato en el colegio Pedro Nel Gómez, en el barrio Florencia, y entré a finales de los años 80. Era un colegio para niños de familias de escasos recursos. Era una época dura y violenta que está muy bien descrita en libros como No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, o El peladito que no duró nada de Víctor Gaviria, o en películas como Rodrigo D no futuro.
El municipio de Bello, donde vivía, estaba repleto de bandas criminales conformadas por lo que hoy llamamos valijas, hombres al servicio de Pablo Escobar.
Estando en décimo entraron sicarios a matar a una pelada, luego fue asesinado el portero y antes había sido asesinado mi profesor de matemáticas. No vi esa materia ni en octavo, ni en noveno, ni en décimo, porque nadie quería ser profesor. Hasta que me echaron del colegio por mal estudiante, el mismo año en el que me volví un ferviente seguidor de la Iglesia Pentecostés Unida de Colombia.
Hernando Mejía, el rector del colegio de esa época, le apostaba al arte, a motivar la creación artística de los jóvenes con el fin de alejarlos de las drogas y las malas compañías. Pero, aun así, las bandas de Florencia captaban a los pelados, se montaban al muro del colegio y molestaban a las niñas, o miraban las contiendas deportivas entre la gritería y las risotadas.
Cuando comenzamos a hacer los bailes de garaje, teníamos que comenzar a las cuatro de la tarde y terminar a las siete de la noche por los toques de queda. También es sabido que la policía entraba a los barrios y hacía masacres. Ahí en Florencia había una banda, La 74, que trabajaba para Escobar y cada vez que mataban a un policía los uniformados llegaban en la noche a disparar.
Yo era muy tímido, cualidad que había heredado de mi madre, con corte de cabello valija y muy rockero. Algo que me marcó particularmente fue la conmemoración de los 400 años del descubrimiento de América en el 92. En el colegio hicimos murales y escuchamos charlas en donde se cuestionó ese genocidio que fue la conquista en nombre de Dios y la reina. Ahí hubo una profesora muy activa que vestía raro para mí, como una hippy, que después supe era egresada de la Universidad de Antioquia. Fue la primera vez que escuché de la universidad. Por ese tiempo a mí no me importaba nada, era mal estudiante, y poco entendía de la conmemoración, pero ese tipo de cosas me hicieron cuestionar la realidad en que vivíamos.
En la materia de religión nos pusieron de tarea ir a varias iglesias con el fin de acercarnos a sus dogmas. Así que me fui con tres compañeros y en medio de ese trabajo terminamos enganchados a la Iglesia. Fue tremendo. Al mes había destruido todos mis casetes de rock. Me dije, ahora que asistía a la iglesia, que me convertiría en un buen estudiante con la ayuda de Dios. Pero Dios no me ayudó y me echaron.
Durante los meses siguientes me leí tres biblias: la de Nácar-Colunga, que es la católica; la de Cipriano Valera, que es la de los protestantes; y me leí la versión Dios habla hoy. Aún recuerdo cientos de versículos y reflexiones que hacíamos grupalmente. Incluso, para sostener la iglesia, caminé todo Medellín predicando de puerta en puerta, vendiendo cebos mata cucarachas. No volví al colegio porque nos decían que el conocimiento iba en contravía de la fe. Éramos testigos de tanta maldad que creíamos que la segunda llegada de Cristo estaba cerca. A mis amigos los iban matando y yo solo trabajaba y vivía para Dios, un dios omnipresente al que le llegué a temer demasiado. Me salí de la iglesia dos años después porque no aguanté más y me acosté con una novia que tenía.
Hasta que una vez impedí el robo a una tienda del barrio y me gané unas culebras peligrosísimas que casi matan a mi madre. Por eso me presenté al Distrito 48, y cuando pasé me dijeron que había sido escogido para ser policía. Les dije que no, que lo que quería era ser soldado, para no volver a la casa. Primero me tocó de recluta en La Estrella, en Pueblo Viejo. Luego me tocó patrullar en Belén Aguas Frías y en Belén Altavista.
Esperaba hallar un ambiente de orden y rectitud y en cambio encontré que al ejército llegaban jóvenes tan malos como los que querían matarme. Teníamos un compañero al que le decíamos Pedrini, por Pedro Navaja, le encantaba la salsa.
Ese man se trababa todo el tiempo por Ditaires, en Itagüí, y cuando cogía a los chirretes los degollaba. Tenía 17 años y le tenía miedo. Se metió al ejército por las mismas razones mías.
Había otro al que le decíamos Leche, no me acuerdo por qué, pero era de los que se embadurnaba la cara de barro dentro de la ciudad. Se creía Rambo y tenía unos imaginarios absurdos y sus patrullajes nocturnos eran miedosos.
Una vez me quejé con el comandante porque un cabo me golpeaba por cualquier cosa. Le dije, “Si me siguen pegando voy a poner la denuncia”. El comandante me sacó de la fila y dijo delante de todos, “No lo toquen a él, no le vayan a hacer nada”. Y puso a voltear al resto del pelotón. Me di cuenta de que lo que había hecho era poner al resto en contra mía. Yo sabía que algo me iba a pasar, porque los demás se me arrimaban y me insultaban.
Al final de la tarde a un muchacho de apellido Torres le dio por contar a superiores dónde el pelotón tenía la marihuana. Le cogieron la vareta a todo el mundo. Esa noche me acosté muy nervioso y logré dormir. En medio de la noche me desperté, levanté la cabeza y vi las sombras. Pensé que me iban a coger a golpes. Cuando iba a huir, rodearon a Torres, que dormía en un catre de arriba.
Le pusieron una cobija encima y de las puntas comenzaron a jalarla con el fin de inmovilizarlo, mientras otros lo golpeaban con medias a las que les habían metido jabones. Ese pelado quedó de siquiatra y le dieron de baja.
Días después me pusieron un sobrenombre que era Susy, porque mi apellido es Sierra, y me decían Susy o Susana. Me decían: “Soldado Susy, usted es un marica”. Y yo: “Sí mi cabo, soy un marica”. Ese cabo tenía un fetiche raro, nos castigaba empelotándonos y obligándonos a caminar detrás de él.
Hasta que nos enviaron a apoyar a un batallón en Urabá a finales del 96. Íbamos como agregados. Pertenecíamos a la IV Brigada y nos enviaron a apoyar a la XVII, donde estaba Rito Alejo del Río. Llegamos en plena operación Génesis y nos dejaron en el corregimiento de Pavarandó, en Mutatá. Nuestro objetivo era detener a los desplazados para que no llegaran al pueblo.
Meses después, en un consejo comunitario encabezado por Álvaro Uribe en Pavarandó, la comunidad comenzó a quejarse de la presencia de paramilitares. Incluso un líder tuvo el valor de ponerse de pie y señalar a los que iban con nosotros: “Mire que ahí están”. Nos ordenaron que los cogiéramos y los sacamos afuera, los metimos en una camioneta y se los llevaron en un helicóptero. A los quince días regresaron.
Al final, Uribe y su cúpula tuvieron una reunión a puerta cerrada con líderes de varios territorios. Yo estaba registrando a la gente en un libro cuando un militar de alto mando se me acercó y me ordenó que no anotara a tal fulano. No lo hice. Cuando se acabó la reunión, unos compañeros lo cogieron y se lo entregaron a unos hombres de civil. Horas más tarde, mientras comíamos, escuché narrar las atrocidades que le hicieron al hombre. Alguien preguntó: “¿Será que no era guerrillero?”. Lo picaron y lo enterraron. Eso fue entre mayo y abril del 97.
Me mantenía con dos compañeros, Silvano y Andrés, personas que como yo preferían pasar desapercibidas. Éramos testigos del desarraigo de cientos de personas que habían caminado por kilómetros huyendo de las confrontaciones entre la guerrilla, el ejército y los paramilitares. Supe incluso que muchos de esos territorios que terminaron abandonados fueron adjudicados luego a grandes empresas de palma de aceite.
Por esos días la ONU llegó a Mutatá a investigar sobre el líder desaparecido, y encontraron el libro de la reunión comunitaria general, y ahí sí estaba el nombre de la víctima. Se armó un tremendo escándalo y un militar me gritó escupiendo rabia: “¡¿Por qué hijueputas lo anotaste?!”. E hice cara de idiota, algo que me quedaba muy fácil de hacer.
Lo cierto es que mi temor a Dios aún seguía latente, además no dejaba de ser testigo de todo tipo de injusticias y violaciones a los Derechos Humanos. Me sentía triste, encerrado, prisionero en aquel uniforme. El caso fue que me castigaron muy fuerte.
Recuerdo otra anécdota, el día de mi cumpleaños, en mayo. Me dieron permiso para bajar a una cabina telefónica de Telecom que había a las afueras del corregimiento para hablar con mi madre.
Antes de mi turno, la operadora salió y preguntó: “¿Está el soldado Vanegas?”. Él no estaba. Entonces tomé la llamada. Al otro lado de la línea una muchacha me dijo que la madre de Vanegas había muerto. Todos quedamos muy impresionados. Pasábamos por un momento crítico, depresivo. Estábamos muy susceptibles, al punto de no poder tolerar nada porque ahí mismo descargábamos el fusil. Al llegar al batallón le dije lo de la noticia a mi superior, y este, en tono confidencial, me dijo: “No le diga nada a Vanegas, y mañana cuando vayan a Telecom, antes de que él entre a la cabina, le quitas el arma”. A los dos días lo dejaron ir a la casa de lo mal que quedó.
Otra noche pasamos un susto tremendo en medio de confrontaciones. Las noches tienen sus ruidos, sus crujidos, y la vegetación se comporta diferente que en el día, y salen otros animales que uno no ve. Había calma, pero un compañero del susto, en una época en la que también la guerrilla se estaba tomando a Las Delicias en el Putumayo y a Cartagena del Chairá en el Caquetá, se metió al monte y comenzó a disparar como Rambo. Le decíamos Tom Sawyer. Me acuerdo que el cabo penetró el ruido de la metralla con este gritó: “Que nadie se mueva, esperemos a que se le acaben los tiros y lo cogemos”.
El fusil mío era un G3 con un hundido en el ánima, lo que me obligaba a quitar la vainilla manualmente. Por eso casi no disparaba y me dije que si me tocaba un combate a mí sí que me matarían facilito. Creo que por eso me cogieron desconfianza; me tenían como un cobarde.
Como a los cinco meses de estar allá, de 74 que éramos, a 70 les dio paludismo. A mí no me dio porque mantenía en La Rancha castigado con otros compañeros. Nos ganamos el aprecio de nuestros compañeros, los mismos que nos insultaban, porque comenzamos a atenderlos en sus delirios de fiebre y malestar de frío. A otros les dio pito y leishmaniasis.
Por esos días, un soldado regular se suicidó luego de robarse la plata de los víveres que nos llegaban en helicóptero. Le decíamos Películo. Antes de enterarnos quien había sido el ladrón, nos hicieron desnudar y nos amenazaron con que, de no aparecer la plata, nos iba a ir peor. Alguien encontró los billetes enrollados en un bolsillo escondido en el lado interior de una cargadera de morral que pertenecía a Películo. El man, al verse descubierto, contó que lo había hecho porque su pareja, una jovencita menor de edad que estaba embarazada, pasaba hambre en un rancho en Medellín.
El capitán Londoño lo hizo tirar al piso, cogió un palo de guayaba y lo golpeó de tal manera que la sangre le cubría la espalda, hasta que no aguantamos ver esa tortura y le montamos el fusil al capitán, que perdonaba los falsos positivos, pero no que se robaran 170 mil pesos.
Eso fue como a las cinco de la tarde. A las nueve de la noche estaba yo patrullando en la parte baja del corregimiento cuando escuchamos un disparo. Encendí un radio 730 de comunicación y nos contaron que el soldado Películo había aprovechado el descuido de su centinela para tomarle el arma y accionar el gatillo con la boca del fusil bajo la barbilla. Agonizante lo montamos en una chiva en dirección al hospital de Mutatá y a medio camino falleció.
Cuando ya nuestros nervios estaban al borde de reventar y el cuerpo no nos daba para más, nos dieron la noticia de que nuestro servicio militar acababa en junio. Cuando llegó el día, un helicóptero hizo tres viajes antes de embarcar el último pelotón de 17 soldados, al que pertenecía yo. Cuando llegó nuestro turno por radio nos comunicaron que debido al mal tiempo nos recogerían al día siguiente en las horas de la mañana. Estábamos sucios, hambrientos, malhumorados, débiles y mojados de lluvia.
Desmontamos el campamento y nos escondimos en el monte. No dormimos. Nos sentamos en el suelo con la espalda apoyada sobre la de otro compañero, con los fusiles listos para disparar, pues sabíamos que la guerrilla estaba cerca y que era probable una emboscada.
A las seis de la mañana nos dijeron que nos recogerían al mediodía. Al mediodía nos dijeron que a las cinco, y cuando escuchamos el ruido de las aspas amontonamos unas hojas secas que teníamos guardadas para que no se mojaran con la lluvia. Les prendimos fuego y esperamos. Cuando el helicóptero tocó tierra el primero que salió corriendo fue el comandante y antes de que pudiera subirse, lo detuvo, me imagino, alguien de mayor rango. A los rasos nos dejaron subir primero y cuando despegamos, el alma me regresó al cuerpo.
Ya en el aire vi lo que creo que ha sido hasta hoy la imagen más bella que he visto en mi vida. Por una entrada del helicóptero aprecié la enorme selva del Darién, que tanto había caminado sin conocerla un centímetro, cubierta por espesas nubes de lluvia. Y hacia el otro lado vi el ocaso pintando de colores hermosos el mar del golfo de Urabá. Ahí conocí el mar, mientras algunos compañeros lloraban.
Al desembarcar en el aeropuerto de Carepa, de un avión Hércules comenzó a bajar una gran cantidad de soldados rasos. Cuando los tuve cerca, noté su juventud y candidez, ahogados en uniformes más grandes que sus cuerpos, con la cara limpia y bien afeitados, no como nosotros, que apenas arrastrábamos las botas. Alguien nos dijo que serían nuestro remplazo. Meses después, me enteré que al menos cuarenta de ellos habían muerto en diferentes emboscadas de las Farc, y otros tantos habían sido secuestrados. Año y medio después estaba tirando piedras y viendo clases en la Universidad de Antioquia.
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